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Cahiers de Psychologie Politique

Las movilizaciones sociales de los últimos 40 años en la Argentina corresponden más a respuestas frente a las características del propio acontecer psíquico de la política institucional argentina, que a un mero fenómeno mundial de movilización de las masas modernas.
El objetivo del trabajo es realizar un análisis que no se apoye en cierta idea dicotómica de la sociedad y no caer en el carácter erróneo de considerar la historia sólo como establecimiento de enfrentamiento de clases.
Sería el proceso de alienación el que acentúa estas modalidades de lucha y de reclamo, ya que predominaría un cierto determinismo económico en el despliegue de movilización social que reclama por dignidad, libertad, vida, seguridad, salud, educación, expresión.
Para Zizek el psicoanálisis puede delinear la economía simbólica de cómo podemos romper el círculo vicioso que engendra la clausura “totalitaria” del conflicto de clases. Para nosotros, el aporte de Foucault nos ayuda a desprendernos de cierta ilusión de esta totalidad.
Siguiendo el concepto de la biopolítica de Foucault, la resistencia de las movilizaciones argentinas encontró su saber, no en la visibilidad de la calle y en la superposición de derechos, sino en la geografía de la economía del libre tránsito.

Les mobilisations sociales des 40 dernières années en Argentine correspondent plus à des réponses face à des caractéristiques du propre évènements psychique de la politique institutionnelle argentine, qu'à un simple phénomène mondial de mobilisation des masses modernes. L'objectif du travail est de réaliser une analyse qui ne s'appuie dans une certaine idée conséquences de la société et ne pas tomber dans le caractère erroné de considérer l'histoire comme établissement d'affrontement des classes.
Il serait le processus d'aliénation qui accentue ces formes de lutte et de plainte, comme certains le déterminisme économique prédominent dans le déploiement des appels de mobilisation sociale pour la dignité, la liberté, la vie, la sécurité, la santé, l'éducation, de l'expression. Pour Zizek, la psychanalyse peut délimiter l'économie symbolique de la façon dont nous pouvons briser le cercle vicieux qui engendre la fermeture de conflit "totalitaire" de classe. Pour nous, la contribution de Foucault nous aide à laisser aller de l'illusion de cette totalité. Après le concept de biopolitique de Foucault, la force de protestations argentins ont trouvé leur connaissance, n'est pas visible de la rue et les droits qui se chevauchent, mais la géographie de l'économie de libre transit.

El mercado y un saber que repite

Las grandes movilizaciones que se han organizado y desplegado en los últimos 40 años en la Argentina corresponden más a respuestas frente a las características del propio acontecer psíquico de la política institucional argentina, que a un mero fenómeno global de movilización de las masas modernas en la era del neoliberalismo. Ante las características de represión social, de aberración jurídica, de ultraje laboral, de negación y silencio político y mediático, de expropiación de recursos económicos y humanos de los años ´70, ´80 y ´90, la movilización y el agrupamiento ha sido la resistencia más firme y concreta estableciéndose como estrategia de poder predominante (CELS, 2008). Estas dos modalidades de funcionamiento del poder, el poder represivo y el poder que resiste, se fueron asociando cada vez más a medida que la vida socio-política argentina transcurría. En la encrucijada del supuesto fin de las ideologías, las movilizaciones sociales en Argentina, revalorizaron el espacio y la esfera pública como lucha frente a la imposición de un mercado voraz y de la política cómplice de la corrupción (Gorini, 2006).

Rapoport (2006) dice: “A partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 comenzó a implementarse un conjunto de medidas económicas que tuvieron un gran impacto en los que es posible encontrar el origen de la mayor parte de los serios problemas que debió afrontar el país en las décadas posteriores. Una vez superada la conflictividad social por medio de la represión, la implementación de un mercado libre que arbitrara en los diferentes reclamos sociales se convertía en un objetivo en sí mismo para acabar con el orden vigente y pasar a nuevas formas de regulación y de control de conflicto social”. A partir de estas fechas las movilizaciones de derechos humanos primero, hacia el final de la década del ´70, obreras (sindicales o no) y de estatales públicos las décadas del ´80. Y en el ´90 y el principio del nuevo siglo, surgió un nuevo actor social antaño obrero, ahora desocupados, denominados “piqueteros”, es decir, con nuevos nombres a las formas de organizaciones sociales (Quiroga, 2005).

Foucault señala que donde hay poder existe resistencia al mismo: “… Poder y resistencia se enfrentan con tácticas cambiantes, móviles y múltiples en un campo de relaciones de fuerza cuya lógica es menos la reglada y la codificada del derecho y la soberanía, que la estratégica y belicosa de las luchas” (Foucault, 1976a).

¿La identidad “piqueteros” devino tal cuando se resistió desde la exclusión al sistema de mercado, cuando se quiso integrar al mercado los derechos humanos (sociales, civiles y culturales), cuando en el mercado se introdujeron elementos significativamente valiosos como lo es la masa de desocupados, o cuando la política se ejerció con represión y autoritarismo?

Las marchas de los jueves de las Madres de Plaza de Mayo que comenzaron a fines de los ´70 lograron establecer en la esfera pública la lucha por el Estado de Derecho (Bonafini, 2000), así como los piqueteros desde mediados de los ´90 pusieron al desvelo el desequilibrio social que fomenta el mercado cuando no se lo regula.

Las consecuencias económicas y políticas de la entrada del neoliberalismo a la Argentina son los cortes de calles, de rutas nacionales o provinciales, las huelgas de los empleados de subterráneos y de los servicios aéreos, el cierre de las actividades de atención en hospitales, las “medidas de fuerza del sector del campo”, los “planes de lucha” de los docentes, la ocupación de avenidas importantes, la congregación en las plazas principales de las distintas provincias, los “piquetes” frente a las instituciones financieras y bancarias, y en puentes que son estratégicos para la circulación urbana y de alimentos, entre otro tipo de protestas.

El sistema económico político represivo creó a aquellos que salen a cortar las rutas nacionales, es decir, los desocupados, como bien citan Rapoport (2006), Quiroga (2005) y reconocidos estudios sociales (González Bombal, 2003; Villanueva y Massetti, 2007): “El patrón de acumulación que comenzó a perfilarse durante la dictadura se prolongó durante la etapa de Alfonsín, para consolidarse por completo durante la posterior experiencia menemista” (Rapoport, op. Cit.).

A partir de un Decreto que legalizó la huelga a estatales en 1990, pero que castigó a las huelgas políticas, y de la Ley de Empleo en 1991, comenzó a perfilarse a los largo de esa década una serie de huelgas y de manifestaciones en rutas nacionales: “El abrupto crecimiento de la desocupación dio origen a la aparición del movimiento piquetero para luchar contra el desempleo. Las primeras se originaron en ámbitos municipales o barriales de la provincia de Neuquén, integradas por trabajadores de la construcción, y en el norte de Salta, con trabajadores despedidos de YPF” (Rapoport, 2006).

Nos animamos a decir que nació y se instaló gradualmente con el modelo neoliberal una práctica social con gran tinte simbólico, una táctica de resistencia al poder: con tiempos sintomáticos de ocupación de espacios públicos revestidos de sentido económico. Es el comienzo de un largo camino argentino en búsqueda de verdades negadas y silenciadas, auge del reinado de una soberanía económica perdida y ajena, y de la lucha jurídica de todos los implicados (víctimas y victimarios) de toda esta época.

Marchas y Movilización permanente fueron, en sentido argentino y moderno, un andar el dolor y el desamparo que se sufrió el país (Abuelas de Plaza de Mayo, 2004). A la negación de la situación, el silenciamiento de las voces, el mecanismo de la proyección de la culpa hacia los ciudadanos, la complicidad y la impunidad por parte de los oficinistas del poder, la corrupción de los gobernantes, empresarios y figuras del poder, se le asociaron las acciones de búsqueda de reciprocidad de sentimientos, los de denuncia incansables ante la justicia, la concurrencia a arduas movilizaciones, la demostración pública del sufrimiento en términos de vida digna  y de goce de derechos, y a la vez una proliferación de la actividad judicial tanto en sucesos de neto corte social como de corte político.

De esta manera se entabló la lucha, la demanda; por la vía de la superposición de derechos (de la misma) entre la población: los obreros paralizaron sus actividades, los profesionales de la salud no brindaron un servicio esencial por un determinado tiempo, los “piqueteros” impidieron la libre circulación, los productores no abastecieron; el Estado –por su incumplimiento- y la población –que protesta por esos incumplimientos- no dieron, por ejemplo,  lugar a la libertad de comercio y a la competencia entre empresarios, y los docentes no brindaron clases, entre algunos de los varios ejemplos de la cotidianeidad.

Conflicto de clases: cierta clase de conflictos

Creemos oportuno realizar un análisis de tales situaciones apoyándonos en la lectura que hace Juan José Sebreli sobre cómo considerar este aspecto en términos de la dialéctica marxistas, ya que en un primer momento se observa una oposición de clases, un enfrentamiento de clases. “El núcleo de la dialéctica está dada por la contradicción, oposición, antítesis, conflicto, que desgarran tanto a los seres como a las cosas, los hechos y las ideas, y los mantienen en una inquietud constante. La contradicción se da en episodios contemporáneos, sincrónicos, donde ambos términos de la oposición están recíprocamente condicionados, a su vez superado por un tercero que contiene aspectos de los dos primeros” (Sebreli, 1994).

Si se analizan las tácticas de lucha y de reclamo a través del enfrentamiento de los diversos factores con que una sociedad se compone materialmente, es decir, a través del enfrentamiento debido al impedimento de goce de derechos, se termina creyendo que es la única vía efectiva por medio de la cual se puede obtener un acuerdo, un cierto consenso en la aparente oposición de intereses de cada sector. De esta manera, nos estaríamos apoyando en una posición materialista de la dialéctica. Es decir, aquella que considera que la realidad se impone al sujeto como ajena al mismo, con una cierta predominancia del objeto, o sea la de enfrentamientos entre sectores a través de las relaciones entre sus cosas (derecho a la salud, a la vivienda, a la libertad, al trabajo, a un nombre, a una religión) por sobre las relaciones entre personas que viven en un mismo espacio geográfico. Si,  por lo tanto, realizamos un análisis de los sujetos aquí en cuestión y su constitución poniendo el foco de atención sobre los factores que quedan en relación, en oposición a los goces de derechos; lo consideraríamos de entrada ya en oposición a otro sujeto de otro sector tomados por lo pueden ofrecer como sujetos productores de bienes y servicios.Se continuaría por lo tanto acentuando la contradicción de la relación misma, ya que se toma a los sujetos a través de la relación con sus objetos.

Para no quedar atrapados en este meollo de oposiciones, nos seguimos apoyando en Sebreli (op. Cit.) quien aporta que: “la dialéctica no reduce uno de los opuestos al otro, convirtiéndolo en ilusorio, reflejo o consecuencia, ni acentúa la oposición sacrificando la unidad. Establece una relación de dependencia recíproca y a la vez de relativa autonomía, entre la oposición y la unidad, entre el todo y las partes”. Ahora bien, la pregunta ya no sólo correría por el lado de que por qué entonces los distintos sectores sociales lograron enfrentarse unos a otros a través de sus relaciones materiales de existencia, sino cómo sortear la contradicción sin caer en una síntesis materialista.

Es por medio de las relaciones materiales de trabajo, es decir, teniendo un lugar en el circuito productivo, que en cierta medida se materializan en los derechos, y comienza por se la única vía en la que los ciudadanos expresan su descontento, su malestar, o simplemente su demanda.

También es difícil para cierto sector de la sociedad no apelar a su conciudadano cuando el soberano Estado no acude a la obligatoria contención que debe realizar. Se complica también el hecho de realizar análisis que no se apoyen en cierta idea dicotómica de la sociedad, es decir, cayendo en el carácter erróneo de considerar la historia sólo como establecimiento de enfrentamiento de clases.

Ahora bien, “el proceso de alienación, uno de los temas fundamentales de la filosofía y también de la economía política de Marx, es precisamente una refutación al determinismo económico, incluido el estructuralismo” (Sebreli, op. cit.).También sostiene: “El trabajo fue estudiado por Marx como una categoría específicamente histórica; el producto del trabajo bajo la forma de mercancía adquiría la apariencia de una relación entre cosas tras la que se ocultaba una relación social entre hombres. El trabajo, según él, era algo más que una acción económica, era una actividad existencial del hombre, no sólo un medio para mantener la vida, sino como un medio para desarrollar la personalidad”.

Es a través de la apelación, por medio de las relaciones de intercambio, que se acentúa el proceso de alienación, ya que le otorgan a las fuerzas productivas un protagonismo único. Lo que incita a pensar es que, si no es acaso por esta vía de enfrentamiento la forman en que se acentúa el proceso de alienación.

Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se enfrentaron directamente con el sector de clase represivo, e hizo de un lugar geográfico un espacio de denuncia pública por que las vías judiciales eran obsecuentes con el plan sistemático de desaparición de personas. Ellas mismas llegaron a tener que conocer y estudiar las relaciones político-económicas que se aplicaron durante el gobierno de facto. Relación directa por lo tanto entre la violación a los derechos humanos, el nacimiento de muchas organizaciones sociales y civiles, y las relaciones macroeconómicas de producción.

El piquete como denuncia del conflicto

El nacimiento, podríamos decir de los “piquetes”, está íntimamente relacionado con la instalación violenta y forzada de un determinado modelo económico-político. El “piquete” básicamente es la ocupación de un espacio estratégico político y/o económico. Por ejemplo, el déficit habitacional comenzó a aumentar durante toda la década del ´80 y se profundizó en los ´90. El patrimonio nacional perdió valor a partir de la administración militar que pauperizó las condiciones de los bienes y servicios, y dejó una abultada deuda externa en las cuentas del Banco Nación. El negocio inmobiliario se vio beneficiado a partir de la unión de un déficit habitacional propuesto a base de represión obrera, congelamiento de salarios, prohibición de huelgas, incremento inflacionario del 400% en los ´70 y 200% hasta fines de los ´80, y otorgamiento de mucho patrimonio nacional en manos privadas. Luego, como efecto del modelo neoliberal al dejar familias sin sustento económico impulsó a muchas personas a organizarse frente a las fábricas que los despidió -ahora privadas, otras recuperadas por declaradas en quiebra- y también a mostrarse en las rutas nacionales y provinciales, lo que provocó la emergencia de las rutas como estratégicamente clave del sistema económico. Y no es que antes no lo eran, sino que no tenían tanta relevancia en el quehacer político.

Entonces, si el modus operando del reclamo de derechos se hace a través del acento de las relaciones entre las cosas, ¿cuál es el papel que juegan los derechos humanos si en ninguno de sus artículos se hace hincapié a este aspecto tan relevante en la vida social de una comunidad? ¿Cómo es que el reclamo de derechos es por la vía de las relaciones entre las cosas y los artículos de la Declaración Universal no estipulan ni contemplan la importancia de este factor explícitamente, de esta relación entre hombres como fuerza de producción, y sí en cambio la importancia de otros factores o dimensiones humanas como lo es la dignidad, la libertad y la salud? ¿Por qué se le escapa esta interacción con predominancia del factor económico, por ejemplo, en establecer taxativamente la proporción necesaria en la relación inversión de capitales-producción real?

El rol de la ideología

Pero continuemos con la idea antes propuesta de que sería el proceso de alienación el que acentúa estas específicas modalidades de lucha y de reclamo, ya que predominaría un cierto determinismo económico en un despliegue de movilización social que reclama por aspectos tales como la dignidad, la libertad, la vida, la seguridad, la salud, la educación, la expresión.

Entremos en la consideración de que  la lucha por los derechos humanos es ideológica. Zizek (1994) se pregunta: “¿porqué el análisis marxiano de la forma mercancía –el cual, prima facie, concierne a una cuestión puramente económica- ejerce tanta influencia en el campo general de las ciencias sociales? El rasgo característico del análisis de Marx es que las cosas (mercancías) creen en lugar de ellos, en vez de los sujetos: es como si todas las creencias, supersticiones y mistificaciones metafísicas, supuestamente superadas por la personalidad racional y utilitaria, se encarnan en las relaciones sociales entra las cosas. Ellos ya no creen, pero las cosas creen por ellos”.

Si nos preguntamos por qué las personas llegan a creer en las cosas, es simplemente porque la realidad para todos nosotros está desde siempre ya simbolizada. La realidad, antes de que vengamos al mundo, está estructurada por mecanismos simbólicos: “Y el problema reside que esta simbolización siempre fracasa, que nunca llega a cubrir por completo lo real, que siempre supone una deuda simbólica pendiente. Este real (la parte de la realidad que permanece sin simbolizar) vuelve bajo la forma de apariciones espectrales. En consecuencia, el espectro no debe confundirse con la ficción simbólica, con el hecho que la realidad misma tiene una estructura de un relato de ficción porque es constituida simbólicamente” (Zizek, op. cit.). Esto quiere decir que “la lucha de clases designa el antagonismo que impide a la realidad (social) objetiva constituirse como una totalidad encerrada en sí misma. La paradoja final de la noción de “lucha de clases” es que la sociedad se mantiene unida por el antagonismo mismo, que divide” (Zizek, op. cit.).

Pero se puede pensar entonces que pertenecer a un sector y apoyarlo es tan ideológico como estar en otro sector, por lo tanto la noción de ideología se diluye para apoyar a los derechos humanos como ideológicamente correctos: “Lo que importa es que la constitución misma de la realidad social supone la “represión primordial” de un antagonismo, de modo que el sostén final de la crítica de la ideología, no es la realidad, sino lo real reprimido del antagonismo. La problemática de la ideología nos ha conducido al carácter inherentemente incompleto, inacabado del materialismo histórico: algo debe ser excluido para que la realidad social pueda constituirse” (Zizek, op. cit). Y sobre la base de este vacío que presenta la realidad simbólica, es que la ideología viene a rellenarlo a este espacio no simbolizable, pero bajo la misma reglas de juego estructurantes. De aquí que es muy difícil pensarse como sujetos no incluidos (por fuera) en este campo de estructuración simbólica de la organización social, es decir, no verse en oposición a otro sector. Pensarse en el orden de la exclusión sería pertenecer al orden de la locura. Cada persona pertenece a la sociedad desde una posición simbólica, a veces determinado de antemano, a veces logra mutar a otras configuraciones simbólicas. Hay personas que pueden y se animan a experimentar, a pertenecer, a pensar y analizar desde lugares diferentes de los que han sido educados. Más por ello no dejan de pertenecer a una realidad estructurada simbólicamente. El que pueda constituirse perteneciente a tales realidades simbólicas y cambiar a otras realidades, no deja por ello de estructurar su realidad simbólicamente y estar ideológicamente ligado a estas mismas estructuras.

Es nuestro análisis el que debería, en primera instancia, sortear la tentación de quedar atrapado bajo la discusión de cuál es la clase o cuándo una clase social porta la verdadera afición por los derechos humanos. Pero también debería evitar el antagonismo social intentando constituir ilusoriamente a una sociedad encerrada en sí misma, completa, positiva, unida consensuadamente, unívoca, homogénea. Ya que es justamente la ilusión ideológica la que vela este imposible. O dicho inversamente; es la aspiración a una unidad la que instaura una ideología totalitaria. Para Zizek (op. Cit.), es el psicoanálisis el que puede delinear la economía simbólica de cómo podemos romper el círculo vicioso que engendra la clausura “totalitaria”. Para nosotros, es el aporte de Michel Foucault el que nos ayuda a desprendernos de cierta ilusión de totalidad.

El desprendimiento de un saber. Saber y poder

Lo que se intenta en este análisis es ver cómo, a través de múltiples prácticas, de variadas racionalidades e irracionalidades, se comenzó a construir la subjetividad, cuando la población entró a jugar bajo el amparo de los derechos humanos, ya que fue recién con la Reforma de la Constitución Argentina de 1994 .que se ratificaron los 9 pactos más importantes de derechos humanos. Y si bien esta subjetividad se conformó, si bien bajo la máscara de una lucha de clases, con una racionalidad o estilo de práctica particular, con el objetivo de integrar a todos los ciudadanos en la lucha por “sus” derechos, por los derechos de todos, se hizo imprescindible como proceso, salir a mostrarse, observarse, encontrarse y enfrentarse con la mirada del otro semejante. Pero también mostrándole que cada uno, cada sector, pudo quebrantar la libertad del otro de ejercer sus derechos hasta más comunes, como es el de circulación, el de comercio, el de hospitalizarse, el de educarse, el de trabajar, el de expresarse y hasta ser soberano del propio cuerpo. Se plantea así que, bajo esta superposición de derechos, es que cierto sector de la sociedad intenta comunicarse con la sociedad entera o aquella dentro de la cual este sector vive. Es como si en este afán de fragmentación social, los derechos humanos servirían más bien como reafirmación de estas fragmentaciones que como intento de conformar un ligamen con el resto de la sociedad, que por otro lado ya fue separada. Pues en este malestar que surge, cuando uno coarta el derecho común de un otro, más que acentuar un intento de acercamiento, se acentúa el límite que propone la función que cada sector lleva en la sociedad, mostrando así el poder que tiene el sector demandante, pero no por las características propias positivamente tomadas, sino por el efecto negativo que puede producir en el otro.

Entonces, no hablamos de la conformación de una subjetividad “solidaria”, sino de una constitución de subjetividad que tiene que encontrar el momento y el lugar adecuado para mover otras subjetividades ubicándose estratégicamente en relación con elementos con peso de verdad (no es lo mismo una huelga de médicos, un plan de lucha de docentes, que un piquete que desabastece, que una marcha por la inseguridad, que una movilización reclamando trabajo o una marcha gay, que un conflicto sindical);y haciéndole ver a éstas subjetividades, a la sociedad lo que pierde, lo que no puede ejercer, es decir, no poder circular, ni trabajar, ni vender, ni educarse, ni atenderse en servicios públicos, ni comprar, ni optar sexualmente. Se conforma una subjetividad a partir de un agrupamiento colectivo que se comunica (se hace ver, se hace oír) y que atenta con el ejercicio de los derechos de los demás. El otro, el conciudadano aparece desde la imposibilidad de ejercer sus derechos, por lo que se encuentra en total derecho a reclamar los suyos recientemente perdidos. El conflicto de clase, el enfrentamiento emerge, poco a poco depositado en el sistema de derechos.

El análisis del poder en términos de relaciones de fuerza nos permite establecer las tácticas y estrategias con que se movilizan en los distintos sectores, enfrentados o no (Foucault, 1978). Cada fuerza despliega un saber de sí más un saber del otro. La verdad ya no es una sola, ni tampoco es posible mantenerla como tal. Los juegos de verdad se han abierto al menos, como para que resista otras verdades posibles. Los sentidos en que cada verdad se apoya hablan de la historia, del camino recorrido para haber podido llegar a decirla cada una a su modo. El análisis de estos recorridos nos darán las características de cada táctica y de cada estrategia. Los saberes han proliferado en todas los campos, la verdad ya no puede ser contada de una sola manera.

Foucault (1976b) dice: “Por poder hay que entender la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen; el juego, los apoyos, los corrimientos, las estrategias que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales. Son los pedestales móviles de las relaciones de fuerza los que sin cesar inducen, por su desigualdad, estados de poder, pero siempre locales e inestables. Se está produciendo a cada instante. Hay que ser nominalista: el poder es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada.” La vida deviene resistencia al poder cuando el poder tiene por objeto la vida. Es decir, que es mediante la vida con la que se puede ofrecer resistencia y entablar una relación de poder. Poner el cuerpo, realizar la movilización, concretar la movilización. Pero, esto no son más que los pedestales móviles de las situaciones sociales. Es necesario vislumbrar cuáles son los factores que si bien entran en juego en estos enfrentamientos sociales o de superposición de derecho, no salen a la luz. Ya que no dejan de formar parte de la estrategia necesaria que es necesario a utilizar frente a los problemas.

Disciplinamiento de la Subjetividad

Consideramos al sistema de los derechos humanos como cooperadores de las cuadrículas disciplinarias y también como técnica capaz de aglutinar, tanto una masa amorfa en su espontaneidad, como una población en su desorden, economizando al poder. Pero, la característica diferencial es que se ocupa de dejar que sucedan los hechos y los aprecia en su valor de utilidad política, o económica, o ética. Por tanto, cumplen con los requisitos para que un Estado se ocupe lo mejor posible de su población, al menos que conozca, bajo algún aspecto, su dinámica en términos biológicos, económicos y sociales (natalidad, mortalidad, ingreso pero cápita, educación, agrupaciones civiles, entre otros). Este conocimiento implica que este estilo de economía del poder se la denomine biopolítica (Foucault, 1979). Los derechos humanos, es decir, cooperan en la disciplina y en la regularización en y de la sexualidad de cada uno y de cada grupo que se manifieste. Lo que queremos significar es que las prácticas de la medicina, la psiquiatría, la psicología, la educación, los aparatos judiciales, los trabajos sociales, las prisiones, son a las disciplinas y a la regulación (Foucault, 1999), lo que los derechos humanos son a la política y al equilibrio (regulación) social, cuando éste manifiesta no lo alienado, lo enfermo, lo incapaz, lo anormal, lo peligroso, lo carente, sino, cuando manifiesta lo excluido económicamente, lo innombrable políticamente, muchas veces lo inclasificable jurídicamente, lo expropiado perversamente.

Las movilizaciones se han convertido en una nueva relación de fuerza, ya que los espacios públicos han cobrado un sentido político, es decir, una relación con valor de cierta verdad. La disputa por los espacios eleva a la superficie lo que el discurso dominante niega o calla, desmiente o desvaloriza, ignora y ataca, oculta y confunde. Según nuestro análisis con el concepto de la biopolítica de Foucault, la resistencia encontró su saber, no en la visibilidad de la calle y en la superposición de derechos, sino en la geografía de la economía del libre tránsito (de ideas, de bienes, de personas).

Siguiendo esta línea de pensamiento, los derechos humanos, en tanto no se hagan cumplir y salgan a la luz a partir de las diferentes demandas, en los términos más amplios posibles: judiciales, desde organismos diversos, desde reclamos sociales de las organizaciones no gubernamentales o populares, entre otros, conformaran, además de un elemento de las disciplinas, una técnica práctica de conocimiento que permite el registro y la regulación de la población y de la administración gubernamental.

Consideramos que la construcción de la política de derechos humanos no es totalmente un intento de emancipación económica a través de lo jurídico, es más bien el resultado de la interacción que se ha producido entre, un ejercicio argentino del poder con características represivas y perversas -que maneja una determinada economía política y las formas de relaciones sociales e institucionales- y la resistencia de los argentinos frente a los avatares del mercado. Esta construcción ha dado lugar a un comportamiento característico de la sociedad argentina de enfrentamiento del goce de diferentes derechos entre diferentes actores. Si bien los “piquetes” y las movilizaciones sociales denuncian un conflicto de intereses -de ciertos intereses-, el malestar social en general se intensifica cuando unos, por sus demandas, impiden el goce de derechos de otros.

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