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Cahiers de Psychologie Politique

1. Introducción.

Para las disciplinas de ciencias sociales, la situación actual del mundo, caracterizada como proceso de globalización, plantea problemas en dos dimensiones distintas: por una parte, el término mismo es ambiguo y requiere de algunas precisiones en cuanto a su uso en contextos específicos y, por otra, para cada disciplina aparece la necesidad de replantearse el conjunto de sus perspectivas de desarrollo en una situación que se supone nueva.

La misma suposición de novedad presenta el primer punto que requiere de una toma de posición. ¿Es inédita la situación actual? ¿En qué reside su novedad? La radicalidad de las posiciones que constituyan la respuesta a cada una de estas preguntas determinará la necesidad de preguntar por los complementarios elementos de continuidad y su relación con los rasgos novedosos que se definan. Las respuestas a estas cuestiones pueden, y de hecho lo hacen en algunos casos,  exigir una redefinición de los paradigmas vigentes en algunas disciplinas, en algunos grupos de ellas o, incluso, del conocimiento científico en general. Explorar algunos de los caminos por los cuales se ha llegado a esta situación puede resultar útil como forma de organizar la visión de algunas discusiones que se nos aparecen de manera errática muchas veces. Para eso vale la pena proponer una visión del desarrollo de nuestras disciplinas, en general y, más en particular, en el contexto latinoamericano.  

2. El lugar de las ciencias sociales en la sociedad moderna.

Las ciencias sociales representan una de las formas más importantes de autoconciencia de la sociedad moderna, compartiendo este lugar con otras herramientas que las sociedades generan para este mismo fin, entre las cuales las más importantes son  las doctrinas políticas seculares. Se puede distinguir ambas formas sin jamás establecer una independencia completa entre ellas,  reconociendo que existen diversas posiciones acerca de cómo se relacionan y como deberían  relacionarse.

El primer problema, al que responde el surgimiento de lo que hoy llamamos ciencias sociales, fue el establecimiento de los fundamentos, origen y fuente de legitimidad, del orden social post-feudal. La secularización de la sociedad y del pensamiento son partes del complejo movimiento que condujo de la crisis del orden feudal al surgimiento de la sociedad que hoy llamamos moderna.  Los dos polos de esta transición son objeto de discusión y de ella resultan periodizaciones distintas.  En qué consistió la crisis del orden feudal y cuales son los hilos conductores o ejes del proceso de modernización son cuestiones que definen no sólo las posturas de los historiadores sino que, implícita o explícitamente, integran los supuestos de la constitución de las disciplinas de ciencias sociales y de algunas escuelas de pensamiento dentro de ellas. Al mismo tiempo, los conceptos que actualmente constituyen el conocimiento en las distintas ciencias sociales son instrumentos para definir y caracterizar los procesos históricos que generaron la sociedad actual.

Los primeros campos en que se formó un pensamiento que hoy identificamos con las ciencias sociales fueron la política, en las ciudades estado italianas del renacimiento, y en la economía política, dentro de la economía nacional que primero buscó como tal la hegemonía en el sistema mundial, Gran Bretaña. Es verdad que la ciudad-estado era un modelo político identificado con lo clásico y el estado nacional surgió empujado por una identidad ideológica distinta, la religión. Sin embargo, se puede decir que las tendencias a la concentración del poder y la identificación religiosa, cuando fueron exitosas produjeron el embrión de los que llegarían a ser los estados nacionales, en la forma de las monarquías. Lo que la revolución política de la burguesía resolvió fue la tensión existente entre poder político “tradicional”, es decir perteneciente al antiguo régimen, y un poder económico emergente, que generaba nuevas relaciones y, por lo tanto nuevos actores sociales, la burguesía y las clases subordinadas a ella en su lucha por reconocimiento, participación en la dirección y protección por parte del estado.

Nuestras teorías de las distintas disciplinas de ciencias sociales  nacieron como búsqueda de respuesta a los innumerables problemas nuevos que esta reordenación del mundo planteaba. Al mismo tiempo, las propuestas de solución contenidas en las explicaciones que las ciencias sociales daban a las preguntas de la época se constituían en programas políticos, conocimiento aplicado, a pesar de que el modelo de estructuración del conocimiento acerca de la naturaleza constituido a partir del siglo XVII, la ciencia,  resultó atractivo por distintas razones para quienes estudiaban los problemas de la sociedad. Por una parte estaba el problema de la relación con los poderosos, cuestión a tener en cuenta cuando se examina la obra de cualquier pensador importante, y su relación con el público lector que se constituyó en el “mercado” del pensamiento social. Ambos problemas los resolvió el alojamiento de las ciencias sociales en las universidades a partir del siglo XIX y especialmente en el siglo XX.

El modelo de organización política de la economía moderna que finalmente se constituyó en predominante fue el estado nacional, pero lo hizo recién en el siglo XX. Como resultado de la guerra mundial de 1914-18, un mundo de imperios multinacionales y colonialistas, estados nacionales y colonias y territorios dependientes comienza a transformarse  en un mundo de estados-nacionales, formalmente independiente y soberanos, además organizados con fines de cooperación y resolución de conflictos entre ellos en una verdadera telaraña de organizaciones internacionales cuya cúpula fue ocupada sucesivamente por la Liga de las Naciones, primero, y por la Organización de las Naciones Unidas, después de la Segunda Guerra Mundial.

Para las ciencias sociales, la principal consecuencia de estos procesos estructurantes del mundo contemporáneo fue la “naturalización” del estado-nación y sus derivados como unidad de análisis. Se supuso que la estructura política que representa un estado-nación es, al mismo tiempo, una economía y una sociedad, cuyos atributos podrían incluir no sólo una cultura propia y característica sino hasta un tipo psicológico predominante.

Además, esta unidad natural, el estado-nación, era por derecho propio el sujeto de la nueva etapa de la historia de la humanidad que se abría como desafío, el desarrollo nacional, que aparecía no sólo como una aspiración legítima de todo estado nacional, como un derecho, sino también como una posibilidad cierta si se aplicaban a ello las fuerzas vivas de la nación. La Organización de las Naciones Unidas tomó como su tarea la descolonización, aumentando sus miembros hasta ciento noventa más o menos al día de hoy, pero también constituyó organismos de ayuda y cooperación a la tarea del desarrollo nacional que los miembros más jóvenes y débiles de la organización emprenderían sin duda. En esto las ciencias sociales asumieron un papel protagónico que redundaría en un crecimiento impresionante de su acervo de conocimiento empírico y la construcción teórica apropiada a los problemas que esta nueva situación les planteaba.

   Este es el marco en que se produce el arribo e institucionalización  de las ciencias sociales en la mayoría de las universidades latinoamericanas. Dentro de cada país se busca la creación o adecuación de las escuelas destinadas a formar el personal que protagonizará la nueva epopeya nacional, el desarrollo, para lo cual se cuenta con el apoyo de los organismos técnicos de cooperación tanto educacional  como sustantiva que ofrece las Naciones Unidas.

3. Ciencias sociales e ideología política en América latina.

La historia de las ciencias sociales en las universidades latinoamericanas está indisolublemente unida a los problemas del desarrollo. La economía de inspiración estructuralista produjo la única contribución original latinoamericana, reconocida como tal, al acervo de las ciencias sociales universales, la teoría desarrollista asociada con el nombre de Raúl Prebisch y la CEPAL, una comisión regional del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

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Las escuelas de sociología surgieron, salvo unas pocas excepciones, con el apoyo de la Facultad latinoamericana de Ciencias Sociales, la FLACSO, una escuela latinoamericana patrocinada por la UNESCO, el organismo de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura. Los gobiernos recibieron el apoyo en la formación de cuadros especializados en técnicas de planeación a través del ILPES, Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social, además de los intercambios con universidades de Europa y Estados Unidos.

Image3La idea del desarrollo nacional cubrió la totalidad del horizonte ideológico de América Latina, como meta incuestionable, que requería de conocimientos técnicos provenientes de las varias disciplinas de ciencias sociales, y dejando para la lucha política la resolución de las mejores vías y los medios más expeditos para alcanzarla. Tanto fue así que cuando la Revolución Cubana sacudió a la región, su modelo de socialismo fue asumido más como una vía alternativa hacia el desarrollo que como una propuesta de reorganización de la sociedad sobre la base de valores alternativos a los predominantes.

El desarrollo como meta exigía un tipo de ciencia social particular. No sólo en términos de las teorías y métodos considerados adecuados, y que llegaron a ser predominantes en la formación de los científicos sociales latinoamericanos, sino en una estructuración interdisciplinaria exigida por la complejidad de la noción de desarrollo que se proponía como eje de un verdadero paradigma científico1. A la economía estructuralista se le sumó la sociología de la modernización y la teoría del desarrollo político. La integración de todo esto no era fácil, pero había un elemento ideológico que proporcionaba una base indiscutible de unificación, el desarrollo sería nacional. La ideología nacionalista había facilitado la estructuración de Europa después de la Primera Guerra Mundial, integrando a los sectores obreros socialdemócratas a una vida política democrática a través del derecho al sufragio y la participación de sus partidos en los parlamentos y, en otros casos, al movimiento fascista, con un componente ideológico nacionalista importante. En América Latina, la integración subordinada de los sectores populares se dio a través de los modelos de populismo, en cuyo caso también un componente ideológico fundamental fue el nacionalismo, pero cuyo valor político central fue la estabilidad y no la democracia.

La revolución cubana impulsó una visión crítica de la experiencia desarrollista que encontró su expresión en las ciencias sociales en las teorías de la dependencia y, más en general en una versión latinoamericana del marxismo estructuralista francés2. Sin embargo, en el centro de la discusión seguía estando el carácter nacional del desarrollo (recuérdese las discusiones acerca del carácter de las burguesías latinoamericanas).  Esto era una expresión de lo insatisfactorio que parecían los frutos de la práctica de las políticas desarrollistas, en lo ideológico, pero también era una expresión de un proceso general que en América Latina tuvo su desarrollo característico, la masificación de la educación superior. Este fenómeno era a su vez parte del resultado del período de crecimiento económico más impresionante de la historia, que tuvo lugar a partir del fin de la Segunda guerra Mundial.

La inflexión que el fin de ese período de crecimiento impuso al desarrollo de todo el mundo estructurado a partir de los resultados de la guerra inaugura el período en que nos encontramos hoy, caracterizado por la crisis de todas las estructuras que formaban ese orden, tanto a nivel internacional como a nivel interno de cada estado nacional. Este período es el que, desde todos los ámbitos en que se experimentan y sufren  los cambios que lo caracterizan, se intenta resumir y conceptualizar como globalización. Para América Latina y las ciencias sociales que aquí se practican esto ha significado cambios muy importantes que muchas veces nos sumen en la perplejidad.  

4. Disciplinas de ciencias sociales e historia.

Los cambios  observables en la orientación de cada disciplina de las ciencias sociales en los últimos treinta años deberían llamar a un examen histórico crítico de ellos. Sin embargo, son asumidos por la orientación dominante como “naturales” y como superación y avance científico. Sus conexiones ideológicas son tan evidentes que la crítica también adopta una posición complaciente en el sentido de criticar los resultados prácticos de las políticas orientadas por una teoría económica predominante y conformarse con conservar reductos académicos que no llegan a proponer alternativas  prácticas ni a conformar, en lo más general, una escuela de pensamiento realmente crítico al nivel en que la teoría dominante propone los temas y los medios  y herramientas de conocimiento. Esto no es obviamente un resultado de las condiciones individuales de los practicantes de las distintas ciencias sociales. Este es un proceso histórico-social de construcción del conocimiento científico, pero este mismo carácter es negado por la ideología dominante en el campo de la ciencia y en la epistemología.

Sin pretender solucionar un problema de esta envergadura, intentaré ordenar algunos síntomas de la situación presente que plantearían problemas de investigación a cada disciplina de las que nos ocupan y al conjunto de ellas.

Lo primero es asumir una doble relación con la historia. Esto es, examinar la génesis de la situación actual en los conflictos ideológicos, tanto del período anterior como en la historia de la disciplina como tal, por una parte, y definir la situación presente en términos de un diagnóstico que asuma los resultados del examen anterior.

Para el caso de la economía, disciplina que domina el campo de las ciencias sociales hoy, hay un cambio que permanece sin explicación interna, disciplinaria: ¿cómo se abandonó la teoría de la dependencia sin hacer una crítica que ajustara cuentas con ella? En cambio se pasó a una práctica de docencia e investigación que paulatinamente fue reemplazando todos los supuestos que cimentaban la práctica anterior. Un rasgo sobresaliente de la nueva práctica es el abandono de la interdisciplina que inducía el eje del desarrollo, reemplazado luego por la dependencia, como conceptos nucleares que articulaban distintas disciplinas o al menos ciertas escuelas dentro de cada una de ellas.

Este aislamiento de la economía, siendo la dominante en el mundo ideológico de la globalización, también ha inducido cambios notables en las otras disciplinas. Por mencionar sólo uno, el asalto del irracionalismo postmoderno a la sociología, que amenaza con disolverla entre la filosofía, el periodismo y la crítica literaria. Más importante es el cambio en el campo de la ciencia política, que en las condiciones de las dictaduras de las décadas de los setenta y ochenta en América Latina, puso la cuestión de las formas democráticas en primer plano, pero de tal modo que no se conectan orgánicamente ni con las condiciones económicas ni las sociales3.  

Obviamente esta situación es a primera vista un reflejo de la situación política. El cambio de modelo económico se efectuó a partir de derrotas militares, políticas e ideológicas de las fuerzas políticas y sociales que impulsaban el modelo centrado en el desarrollo nacional como meta. Sin embargo, este mismo cambio presenta paradojas que deberían generar preguntas de investigación tanto de la historia de cada disciplina como del marco en que transcurren los acontecimientos de la globalización. Los sociólogos han disuelto a todas las categorías colectivas en un conglomerado indiferenciado al cual se refiere mucha investigación empírica, la gente4. Los politólogos han regresado al siglo XIX separando a la sociedad civil del estado, acompañados por la sociología que estudia la pobreza, como atributo individual o familiar, (sólo falta retomar la calificación de “clases peligrosas” para completar el revival).

Estos chistes malos y fáciles ocultan una realidad evidente pero no atacada con los instrumentos de la investigación social. El orden mundial que resultó de y enmarcó el período de crecimiento de la segunda posguerra está en crisis, cuando no en franca disolución. El sistema de las Naciones Unidas fue sometido a máxima tensión por parte del gobierno de los Estados Unidos a propósito de su intención de disciplinar a Irak y a su gobernante. Los estados nacionales han perdido cuotas importantes de su soberanía al no poder decidir sus políticas económicas ni de desarrollo.

Nada de esto ocurrió de la noche a la mañana. La evolución del capital financiero puso en cuestión la soberanía a partir de la creación de las empresas transnacionales y los paraísos fiscales. Los países inventados con esos fines aumentaron la Asamblea General de las Naciones Unidas, pero no alteraron el Consejo de Seguridad. Si la amenaza que buscaban neutralizar los capitales eran los impuestos en los países centrales, no podían declararse apátridas porque requerían de todo el poder, esta vez de su gobierno, frente a la amenaza de nacionalización en los países periféricos que radicalizaban su política desarrollista5.

Esto es sólo un ejemplo que busca introducir un diagnóstico acerca de la globalización. Lo más notable de este proceso es un rasgo que a la vez que característico de este  período puede ser conceptualizado con las herramientas que las distintas ciencias sociales han proporcionado a la historia. Es decir, la situación histórica es por definición inédita. Sin embargo, construir conocimiento acerca de ella no requiere liquidar todo el conocimiento anterior.

Como recordábamos al comenzar, el mundo moderno se generó  partir de una crisis del orden feudal que requirió de un nuevo orden social, económico y político que generó como formas de conciencia la ciencia, las ciencias sociales y las ideologías políticas seculares, además de conservar las disputas religiosas en otro nivel, incorporándolas entre los elementos identitarios que permitieron el predominio del estado nacional como forma política predominante del orden económico capitalista. Esta relación entre los dos poderes, el económico y el político, independientes en mayor o menor medida pero siempre relacionados por necesidad de subsistencia.

En un sentido muy general, las ideologías políticas seculares se han ocupado de explicar y tratar de normar las relaciones entre poder económico y poder político. Esta relación es también parte de la constelación polar de ideas entre las cuales oscila la teoría económica. A la visión estructuralista se asocia una posición estatista y a la visión neoclásica se asocia una ideología liberal. Sin embargo, como siempre ocurre, entre el análisis, el programa político, y la práctica de estas ideas aparecen inconsistencias que dan lugar a los juicios políticos y morales acerca de los individuos que encarnan estas ideas en la acción. En este punto es donde se produce la reunión más espuria entre las ciencias sociales y la práctica política. Si lo que se busca es una explicación de un proceso, y se lo quiere revestir con la autoridad del conocimiento científico, lo menos adecuado son los juicios acerca de individuos. Estos juicios puede ser sólo una parte subordinada, limitada al nivel más superficial, de los hechos históricos.

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La situación que llamamos globalización se caracteriza por el estado de crisis de las instituciones y aparatos en que se consolidaban las relaciones entre poder económico y poder político. La situación de cambio implica la indefinición normativa e institucional de estas relaciones. Los cambios que vayan a tener lugar dependerán del resultado de enfrentamientos que tendrán lugar a todos los niveles de la organización de este mundo que entró en crisis. Las ciencias sociales podrían, si se lo proponen, construir los aparatos conceptuales que permitan definir cuáles son las fuerzas que se enfrentan en cada nivel, los intereses que representan y las características de las ideologías con que esos intereses se presentan, entre otros campos de enfrentamiento ideológico, en el mismo seno de las ciencias sociales.

5. El problema.

La dominación feudal representaba una mezcla de la teocracia propia de las tribus, en las que los jefes guerreros eran investidos de un carisma atribuido a un don de los dioses (especialmente los dioses de la guerra) convenientemente certificado y legitimado por una casta o estamento sacerdotal. El cristianismo, específicamente el catolicismo para Europa Occidental, cumplió ese papel de legitimador del carisma de reyes y señores. Los conflictos en que terminó el régimen feudal expresaron ideológicamente en guerras de religión la pugna entre los dominadores y el aparato de legitimación, de donde surgieron las primeras identidades que desembocaron en los estados-nacionales modernos.

La revolución francesa fue el primer intento de fundar racionalmente la dominación, a través de una constitución  que recogiera los principios de derechos individuales de los ciudadanos. Libertad, igualdad y fraternidad no son elementos que funden los estados nacionales modernos. De hecho, la mayor parte de los conflictos políticos actuales pueden ser vistos como originados por la incompatibilidad entre libertad e igualdad.

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La crisis de la dominación actual, nacional e internacional, ha llegado en su profundización al nivel de las constituciones. El problema que parece insoluble es la búsqueda de un fundamento racional para estabilizar y legitimar la relación entre poder económico y poder político.

El componente intelectual (científico) que conformaba las elites estatales ha quedado reemplazado por la magia de la imagen mercadotécnica de los candidatos, ya que la representación social (clasista o corporativa) ha quedado desplazado por un nuevo liberalismo individualista que legitima al poder económico frente a un poder político que se ve impotente para ponerle límites y, al mismo tiempo, protegerlo de los cuestionamientos sociales y políticos.

Los ejercicios de reforma o rediseño constitucionales no pueden estabilizar un sistema que produce conflictos sociales en que la fragmentación y la individuación  de las demandas ha llevado a la imposibilidad de formulación de alternativas que agreguen intereses, por lo que todos los movimiento masivos tienden a ser explosivos (eventos de masas sin organización unificadora más o menos permanente) y negativos en sus expresiones ideológicas (demandas de eliminación de gobiernos, pero sin programas alternativos).

El problema de organización constitucional que legitime y estabilice la dominación económica y social actual puede no tener solución por la vía de la búsqueda de un fundamento racional.  La necesidad de formular alternativas a esta dominación no encuentra un modelo ideológico y organizativo que le de plausibilidad. A la luz del ascenso de los irracionalismos en los campos del arte, la ciencia social y la política, habría que estar preparados para el surgimiento de un fundamento irracional del orden social y económico. La pregunta que queda es ¿cuál sería su origen?

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Sin duda la religión es una fuente siempre disponible para proveer ese fundamento, especialmente en combinación con el nacionalismo. Sin embargo, hoy el carisma de los gobernantes está fundado en una metáfora del consumo, la imagen mercadotécnica, que debe enfrentarse y coexistir con las pretensiones de representación inorgánicas (crisis de los partidos, las ideologías políticas seculares y las organizaciones sindicales). El problema a resolver es cómo darle un carácter mágico que permanezca más allá de la próxima elección a los gobernantes que han sido “producidos” como espectáculo o promoción de bienes de consumo.

Las democracias electorales sustentadas en una abstención considerable por parte de los electores resultan precarias. Una solución obvia es suprimir las elecciones. El problema es encontrar la ideología que pueda fundamentar y legitimar una decisión de ese tipo.

1  El término “paradigma” se usa aquí para designar a la unidad de análisis y criterio de periodización en la historia de alguna rama del conocimiento.

2  Hay que recordar la importancia que tuvo el opúsculo de Regis Debray “Revolución en la revolución?”; Cuadernos de Casa de las Américas, La Habana, 1967.

3  Una parte importante de las críticas a la situación actual se reduce a reiterar el divorcio entre la política económica y las consecuencias sociales de esas mismas políticas.

4  Por ejemplo, en algunos casos, los informes sobre “Desarrollo humano”, patrocinados por el PNUD.

5  Este tema fue tratado en política y en los medios académicos en la primera mitad de los años setenta. Ver por ejemplo el discurso de Salvador Allende en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 4 de diciembre de 1972  o los trabajos de Robin Murray en esos años, por ejemplo “Internationalization of Capital and the Nation State”, New Left Review, N° 67, May-June, 1971.


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