Logo numerev
Cahiers de Psychologie Politique

Tout au long de l'histoire de la discipline, les psychologues politiques ont en général, analysé les différentes problématiques qui affectèrent leurs sociétés décrivant d'une part leur réalité avec des concepts propres ou empruntés à d'autres disciplines, suggérant d'autre part des solutions. Cependant, si l'on excepte ceux qui correspondent aux courants marginaux marxistes ou de libération, ils manquèrent pour la plupart de perspicacité et en tous cas de la volonté de rompre les cercles du fonctionnalisme afin de faire entrer de plain pied le thème de l'émancipation humaine. Notre proposition est fondée sur le Principe espérance d'Ernst Bloch(2007) et partage l'idée d'un rêve s'approchant d'une société de bien-être et d'égalité, qui n'est possible qu'à condition que les psychologues politiques à côté des classes défavorisées livrent -pour les générations existantes et non pour les générations futures (Benefeld 2012)- une lutte permanente contre l'oppression tout en cherchant leur émancipation. La catégorie possibilité est centrale pour Bloch, en ce que l'utopie n'est réalisable que comme possibilité d'atteindre -comme diraient les Zapatistes- un monde meilleur un autre monde possible.
Selon un tel principe, nous pensons que la psychologie politique possède un potentiel de développement énorme, en particulier si ceux qui la cultivent le font à travers des concepts, des théories et des paradigmes critiques qui s'inscrivent dans le mouvement de l'émancipation humaine comme l'ont fait quelques auteurs en Amérique latine.

Si bien los psicólogos políticos en general, a lo largo de la historia de la disciplina,  han analizado las diversas problemáticas que en su momento afectaron a sus respectivas sociedades, por un lado describiendo -con conceptos propios o tomados de otras disciplinas- los fenómenos de su realidad y, por otro, sugiriendo soluciones a los mismos, puede decirse que, no obstante ello, y salvo las plausibles excepciones que corresponden a las corrientes marginales marxistas y de liberación, a la mayoría le faltó perspicacia y, en todo caso, voluntad para romper los círculos del funcionalismo y poder entrar de lleno así al tema de la emancipación humana.
La propuesta que aquí hacemos está fundamentada en el principio esperanza de Ernst Bloch (2007), y por lo mismo parte -y comparte- la idea de un sueño acerca de una sociedad de bienestar e igualitaria, que puede ser posible solo a condición de que los psicólogos políticos, al lado de las clases subalternas, libren una lucha permanente, para las generaciones existentes y no para las futuras (Benefeld, 2012) en contra de la opresión, y busquen al paralelo su emancipación. Para Bloch la categoría de posibilidad es central, en tanto que  la utopía solo es realizable como posibilidad de alcanzar –como dijeran los zapatistas- un mundo mejor, otro mundo posible.
Dentro de tal principio, creemos que la psicología política tiene un potencial enorme por desarrollar, más sobre todo si quienes la cultivan optan por usarlos conceptos, teorías y paradigmas críticos existentes en el rumbo de la emancipación humana, tal como ya lo han hecho algunos autores en América Latina.

Introducción

“Se trata de aprender la esperanza”, dice Bloch (2007, 25), y nosotros, convencidos de que es una buena consigna, de inicio la pensamos con dedicatoria expresa para las clases subalternas -aunque a decir verdad, su aplicación es generalizable a todo ser humano-, independientemente de la ocupación, o mejor dicho, precisamente desde la ocupación que cada quien tiene dentro del sistema capitalista, sin que para el caso importe mucho el rol central que desempeña en ella, esto es si es zapatero, profesor, campesino, secretaria, migrante, ingeniero, ama de casa, estudiante, chofer, psicólogo político, o cualquier otro.

Pero, antes de avanzar en esto conviene que aclaremos primero qué significa o qué debemos entender por esperanza, y para ello acudiendo  nuevamente a Bloch, respondemos que en realidad se trata de un afecto que está referido al horizonte del tiempo –como todos los demás afectos lo están-,pero que éste de la espera, en particular, que es el de la esperanza y el más importante, implica un futuro auténtico, es decir, el futuro del todavía-no, el futuro de lo que objetivamente no ha acontecido aún (Bloch, 2007, 104), es decir, de lo que todavía no es consciente, pero que en calidad de una incubación y de una anticipación de lo que todavía no ha llegado a ser, se encuentra en el tiempo presente, incluso en lo recordado, como un impulso y una ruptura. Y esa ruptura, que es la vez un comienzo, no tiene lugar en el sótano de la conciencia, sino en su primera línea. (…) El elemento anticipador actúa así en el campo de la esperanza” (p. 35).

En esa tesitura, sigue diciendo Bloch, la esperanza “está enamorada del triunfo y no del fracaso…,(y tiene la virtud de que) da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos…, (por lo cual, su trabajo) exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir, al que ellos mismos pertenecen” (Bloch, 2007, 26).

Todo esto significa que para construir su futuro, para alcanzar lo que todavía no ha acontecido, los hombres deben partir de, y apoyarse en las circunstancias históricas concretas que viven, algo que, por cierto y para regocijo de los que nos dedicamos a la psicología política, ya muchos de los grupos, comunidades, organizaciones y masas oprimidas de Latinoamérica y de otros continentes, lo han entendido muy bien y lo han demostrado en términos prácticos a través de sus luchas particulares, construyendo y tratando de alcanzar así sus imaginarios-locales y globales-, es decir, sus utopías correspondientes, y aunque es cierto que no todas las luchas son reivindicativas (algunas son meramente de protesta, o contestatarias), hay casos-por solo citar uno-, como el del pueblo indígena Wayuú de Venezuela, que por boca de Luis Caldera, su líder natural, declaró que: “(Hugo) Chávez (el presidente de aquella nación) nos ayudó a tener esperanza, la esperanza que nace de saber que estamos construyendo nuestro propio destino” (La Jornada, 26/feb/2012, p. 4).

Y es que, en efecto, volviendo a Bloch, el hombre, simplemente por ser hombre no solo “no soporta una vida de perro…, (sino que además sueña y) soñó (siempre) con una vida mejor que fuera posible, cuestión que no debe extrañar a nadie, pues la vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños soñados despierto, (y aunque) una parte (de estos sueños) es una fuga banal, la otra incita y no permite conformarse con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia. Esta otra parte (es precisamente la que) tiene en su núcleo la esperanza” (ibid, 26),esperanza que por todo lo que implica debe colocarse, según nuestro punto de vista, en el centro de todo análisis científico social (y, por supuesto también, en todas las intervenciones de los profesionales) cuyo objetivo sea lograr un cambio que apunte a mejorar las condiciones de vida de la población oprimida, bajo un horizonte de emancipación o liberación, no por cierto pensando por la población y para la población, sino más bien“ pensando y teorizando con ella y desde ella”, a la manera de cómo Freire formuló su pedagogía, esto es, “una pedagogía del oprimido y no para el oprimido, (en la cual) era la misma persona, la misma comunidad la que debía constituirse en sujeto de su propia alfabetización concientizadora, la que debía aprender en diálogo comunitario con el educador a leer su realidad y a escribir su palabra histórica” (Martín-Baró, en Blanco, 1998, 298).

En abono a estas ideas de emancipación y de visión hacia adelante, Bloch afirma que “el hombre que aspira a algo vive hacia el futuro, (y si bien debe reconocerse que) el futuro contiene tanto lo temido, como lo esperado; (no hay que olvidar que), según las intenciones humanas, es decir, sin frustración, (el futuro) sólo contiene lo que es esperanza” (ibid, p. 27); añadiendo que frente a una sociedad ascendente, la función y contenido de la esperanza son actualizados y expandidos incesantemente, pero frente a una sociedad en decadencia como la de nuestra época, o la que vive cada uno de nosotros ahora, las intenciones son parciales y perecederas y discurren hacia abajo, de tal manera que algunos no encuentran la salida y manifiestan su miedo a la esperanza,(y no sólo eso,  incluso) contra la esperanza (Bloch, op. cit., p. 27).

Sin embargo, esto último, que ya es un estado de desesperanza, se vuelve insostenible e insoportable para las necesidades humanas, y por eso justamente, es decir, porque representa un peligro para las clases dominantes, éstas se valen de una esperanza lisonjera y perversa, que predican desde todos los púlpitos y pantallas para inculcar o bien el encierro en la interioridad, o bien el consuelo en el más allá (p.27), cuestión que, por lo demás, es harto conocida en nuestros días.

Contra ella –dice Bloch- el hombre debe soñar despierto, debe soñar sueños, aquí y ahora, de una vida mejor que la anterior (p. 28); esto es, debe soñar hacia adelante, como dijera Lenin, apuntando a un fin, y por medio del reino de la posibilidad trazar el camino permanente hacia ese objetivo, independientemente de que, en términos teóricos, los conceptos de “anhelo, espera y esperanza necesiten (todavía) su hermenéutica, (y de que) el alborear de lo ante-nosotros exija su concepto específico, (igual que) lo nuevo exige (también) su concepto combativo” (Bloch, op. cit., pp. 29-30)., pues hay que reconocer que, “el inmenso acontecer utópico en el mundo está, de modo expreso, casi sin iluminar” (Bloch, ibid, p. 29).

Una cuestión más que necesita ser enfatizada, es que, “la espera, la esperanza y la intención (están dirigidas) hacia una posibilidad que todavía no ha llegado a ser…, (y en ello) la filosofía (como las demás disciplinas científicas) tendrá(n) que tener conciencia moral del mañana, tomar partido por el futuro, saber de la esperanza, o no tendrá(n) ya saber ninguno” (ibid, 30). Y esto para el científico, cuyo conocimiento debe renovar permanentemente, es una obligación no olvidar que lo “ya sido subyuga a lo que está en trance de ser, (que) la acumulación de lo que ha llegado a ser cierra totalmente el paso a las categorías de futuro, de frente, de novum” (p. 31) y que, por esa causa precisamente, el principio utópico no ha podido imponerse, y menos cuando se asume una mentalidad idealista-contemplativa, en lugar de un pensamiento dirigido a la mutación del mundo. “Lo decisivo es, en consecuencia, (que) solo el saber en tanto que teoría-praxis consciente puede hacerse con lo que está en proceso de devenir y es, por ello, decidible, mientras que una actitud contemplativa solo puede referirse per definitionem a lo que ya ha llegado a ser” (Ibid, p. 31).

Por último, y para acabar de entender el planteamiento de Bloch, hay que decir algo más sobre los afectos, los mismos que, de acuerdo con su tabla clasificatoria, son de distinto tipo, a saber: 1) los hay “saturados –como la envidia, la avaricia y el respeto-, cuyo impulso es reducido y (donde) el objeto del instinto se encuentra a disposición…, en el mundo a mano”; 2) pero también “existen los afectos de la espera –como miedo, temor, esperanza, fe-, cuyo impulso es extensivo y (donde) el objeto del instinto no se encuentra a disposición del momento,… de manera que puede dudarse todavía de su resultado, o de que acaezca (…, sin embargo, independientemente de su clasificación), todos los afectos están referidos al horizonte del tiempo, porque todos son eminentemente intencionales, (solo que, como ya dijimos, pero que vale la pena repetir) los afectos de la espera se abren plenamente a este horizonte, (… e) implican un futuro auténtico, (de) el todavía-no, (de) lo que objetivamente no ha acontecido aún” (Bloch, op. cit., p. 104), pero que nos puede conducir a “que el momento vivido nos pertenezca, y nosotros a él, (…, pues) el hombre quiere, al fin, ser él mismo en el aquí y ahora, quiere serlo en la plenitud de su vida, sin aplazamiento ni lejanía” (Bloch, op. cit., p. 40).

Esto mismo lo dice Holloway (2002) utilizando la metáfora de la mosca atrapada en la telaraña, nosotros “somos moscas –dice- atrapados en una red de relaciones sociales que están más allá de nuestro control, sólo podemos tratar de liberarnos cortando los hilos que nos aprisionan” (Holloway, 2002, 19), y como cuando alguien grita porque cae al despeñadero, “no gritamos porque enfrentemos la muerte segura en la tela de araña, sino porque soñamos con liberarnos (…) Nuestro grito, entonces, es bidimensional: el grito de rabia que se eleva a partir de nuestra experiencia actual conlleva una esperanza, la proyección de una otredad posible (…). El grito implica una tensión entre lo que existe y lo que podría posiblemente existir, entre el indicativo (lo que es) y el subjuntivo (lo que puede ser)”. (Holloway, 2002, 20-21). “El grito es una expresión de la existencia presente de lo que se niega, la existencia presente del  todavía-no, de la no identidad” (Ibid, p.22). Nuestro grito implica una bidimensionalidad que insiste en la conjunción de la tensión entre las dos dimensiones. Somos pero existimos en tensión con aquello que no somos, o que no somos todavía. La sociedad es, pero existe en tensión con lo que no es, o que todavía no es” (Holoway, ibid, p. 22)

El trabajo de la psicología política

Si a la luz del principio esperanza analizamos lo que se ha hecho-según la información que proporcionan algunos de nuestros colegas-, desde, por y para nuestra América Latina, descubriremos-sin ánimos de emitir juicios sumarios, o de visiones anacrónicas-, que la praxis de los psicólogos políticos ha sido deficitaria, por no decir que ha dejado mucho que desear, con relación al número de problemas y de reclamos de intervención que les ha planteado la realidad. Esa situación se debe, quizá, no tanto a que les haya faltado voluntad personal para modificar las cosas desde su raíz, sino en gran medida a la ausencia de un programa que les facilitara emprender proyectos y acciones de manera común, junto a otros colegas de las ciencias sociales, algo que sin duda se ha reflejado hasta nuestros días en el hecho de que cada quien hace sus investigaciones e intervenciones según sus muy particulares intereses y formación profesional, de acuerdo con las orientaciones recibidas como impronta desde el curriculum escolar.

También suponemos que aquella deficiencia se debe a la falta de una organización de psicólogos políticos-tanto en los respetivos campos nacionales, como en el de toda nuestra región-,desde la cual se puedan planear y llevar a cabo acciones concertadas, bajo los mismos principios que idealmente pueden ser los “de esperanza en un futuro mejor y más justo” -tal como lo planteó Ernst Bloch-apostándole siempre al hombre y a un futuro estrictamente humano, comprendiendo los anhelos de aquél, amando todas las formas en que su espíritu florece (como arte, como filosofía y como religión), y defendiendo la razón y la obra histórica del propio hombre (Ramos, 2004, 463), tanto más cuanto que, como sabemos, la intención misma de apuntar al futuro, a la esperanza o a la utopía no es algo ni superficial ni sencillo, dicho con perdón de quienes haciendo reflexiones e intervenciones las hacen exclusivamente en torno al individuo y de manera unidisciplinar, sabiendo que la mayoría de los problemas son de índole social y de enorme complejidad, y que, en consecuencia, su análisis requiere del concurso de todas las ciencias y saberes, por un lado, y de los sujetos colectivos, por el otro.

Sin embargo, tratando de matizar y de alguna manera justificar los trabajos realizados ya tiempo atrás, podemos asegurar que en materia de investigación, teorización e intervención de la psicología social y política, los contextos históricos han sido y son factores determinantes, tanto para la cantidad, como para la calidad de lo que se produce o se hace a nivel de praxis; y a ellos precisamente se debe que podamos detectar algunas diferencias entre lo que se realiza hoy en día y lo que en otra tiempo se llevó a cabo, digamos, en la larga coyuntura de los movimientos de liberación nacional que vivieron nuestros pueblos en las décadas delos años ’60, ’70 y aun de los ’80,la cual, obviamente, favoreció o facilitó con mucho no sólo la constitución de una agenda de investigaciones e intervenciones de los psicólogos sociales –hoy llamados psicólogos políticos- en barrios, colonias, comunidades, escuelas y otras instancias colectivas, sino también la paulatina configuración de la propia disciplina.

Hay que destacar también que gracias a aquel contexto, los procesos de emergencia y desarrollo de la psicología política en América Latina, sucedieron siempre al paralelo de una abundante literatura, por un lado, como de una destacada práctica de pedagogos, teólogos, filósofos y sociólogos de la liberación, por el otro, que en medio de intensos movimientos sociales, huelgas obreras, revueltas populares y revoluciones nacionales, pudieron trabajar y teorizar sus experiencias, aprovechando la coyuntura política que se vivía en prácticamente toda la región Latinoamericana; coyuntura que, además, fue favorable también por la organización y presencia de los países no alineados, cuya lucha contra el colonialismo, el celo nacionalista con que lo hacían y su relativo aire antimperialista dieron mejor cobijo a la actividad de los psicólogos. Está por demás decir que todo ello junto conformó un contexto de alta sensibilización y recepción de las teorías y prácticas de concienciación, de desalienación y de emancipación entre los oprimidos, cuestión que, repetimos, hoy lamentablemente no existe, al menos en la intensidad que se dio en la segunda mitad del siglo XX.

Y no es porque como dice el dicho que todo pasado siempre fue mejor, sino porque la lucha que protagonizaron, de manera intensa y generalizada, “los condenados de la tierra” (Fanon, dixit), configuró realmente un contexto político favorable para las intervenciones de liberación-emancipación que hacían los psicólogos y científicos sociales, aunque desafortunadamente aquella realidad nunca fue color de rosa –como se dice-, sino acentuadamente cruenta, de miseria extrema, de explotación económica y de dominación política exacerbadas, a tal grado que en muchos países de América Latina, el denominador común, en el recambio de poderes, fue el golpe de Estado, o las elecciones simuladas –como lo fueron en México-; fue la prevalencia de dictaduras militares con la consiguiente represión y persecución hacia la oposición política, y fue el autoritarismo sin más, hechos todos que terminaron imponiendo a los científicos sociales críticos, no sólo una agenda de temas y aspectos insoslayables a analizar, sino también actitudes personales y colectivas de definición muy precisa, para tratar de enfrentar aquellos fenómenos con éxito, mediante estrategias y propuestas alternativas centradas en la participación popular; de modo que, como correctamente sostiene Díaz (2007), en aquella época fue necesario que los psicólogos sociales hicieran “la reflexión e intervención respecto a la situación y procesos políticos como el autoritarismo, el militarismo y las dictaduras, la conciencia social, política y religiosa, la democracia formal, la represión y la tortura, los movimientos populares y revolucionarios” (Díaz, 2007, 10), pues aquella realidad así se los exigía.

Con todo, por varias razones la situación nunca fue fácil para el psicólogo, pues cuando no era por miedo a la represión, era por su despolitización, o por su falta de visión metodológica y social. Zúñiga lo dice así para la época del gobierno de la Unidad Popular en Chile, a inicios de los años ’70: el plan de estudios que cursaba el psicólogo en la universidad, o “su entrenamiento no lo capacitaba directamente para tratar los problemas sociales” (Zúñiga, 2005, 35), por ello cuando Salvador Allende introdujo una reforma social radical –sigue diciendo Zúñiga-ella fue profundamente desorientadora en cuanto a lo que tenía que aprender, practicar y teorizar desde los paradigmas aprendidos, la absoluta mayoría de ellos “americanizados”, aculturales y despolitizantes, de tal manera  que para ese momento, dice, “muchos científicos sociales evitan cualquier controversia que pudiera exigirles una aclaración sobre sus compromisos sociales y las características concretas de las interacciones sociales requeridas por su trabajo…” (Zúñiga, 2005, 29).

Sin embargo, y por encima de esto, habrá que insistir que las circunstancias contextuales de aquellos años en A.L. eran de tal magnitud que difícilmente podían soslayarse, por ello Maurer y Sawaia (en Montero, 1991)afirman que gran parte de los trabajos desarrollados en la región trataban de dar una respuesta objetiva a las condiciones existentes, persiguiendo la concienciación y la autonomía de las comunidades; y que obviamente el compromiso político-científico de los psicólogos era trabajar con grupos muy variados: comunidades indígenas, población femenina, organizaciones sociales, etc. Así sucedió –dicen- en Perú, México, Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba, entre otros países.

Pero, para no olvidar nuestro tema, habrá que reconocer que en toda aquella época los movimientos sociales y de liberación nacional, con una fuerte carga ideológica marxista, le inyectaron dosis de esperanza suficientes a la actividad de los psicólogos políticos, y que la radicalidad de éstos fue tal que incluso, como afirma Rodríguez, uno podía decir sin titubeos que como “el quehacer psicológico siempre ha estado comprometido ya sea con los poderes hegemónicos o con los agraviados por éstos” (Rodríguez, K.,2011),y que como aquella era una posición irreductible, no había lugar en aquel momento, fuera de esas dos opciones, para una supuesta “tercera vía”, como así lo sugirió más tarde desde la sociología política, el británico Antonio Guidens (1999),postura que de hecho algunos gobiernos en el mundo –entre ellos el de su país-, asumieron, con bombo y platillo y en medio de grandes expectativas de cambio social, demostrando muy rápidamente, por cierto, que la tal tercera vía no era en realidad ninguna opción alternativa, pues quienes la implementaron –aparte de ellos- la abandonaron pronto, sin por supuesto liberar de ninguna opresión, dominación, explotación o alienación a las clases subalternas, dado que lógicamente sus objetivos, ni siquiera por aproximación, podían calificarse de anticapitalistas.

¿Cómo es la coyuntura de nuestros días en la región Latinoamericana?

El contexto socio-económico-político que ahora vivimos, que a grandes trazos puede caracterizarse como el fin del ciclo largo del capitalismo neoliberal, como el de las luchas populares de resistencia, aisladas y desarticuladas, y como el de la prevalencia de la democracia formal, ligada ésta a los procesos electorales y a las formas convencionales de lucha, a nuestro juicio y desde la perspectiva del principio esperanza, no es muy promisorio que digamos, sobre todo porque, como hemos dicho en otra parte (Quiroz, 2007), el camino más largo para la emancipación del ser humano es precisamente el de la democracia delegativa o de representacional formal, por más que se diga que es de índole participativa. Obviamente no se trata de un asunto que pueda ser presentado y en su caso aceptado solo por sus calificativos, sino más bien de prácticas políticas directas que tienen que ser pensadas por y desde los ciudadanos, para ser ejecutadas por ellos mismos y para sí mismos, desde la comunidad, la fábrica, la escuela, la oficina y cualquier otra instancia colectiva, cuya mira consista en alcanzar, aquí y ahora, la esperanza libertaria, de igualdad, de justicia y de bienestar.

A todo esto cabe preguntarse entonces, qué puede hacer la psicología o los psicólogos políticos sin perder de vista lo que nos dice Bloch: “si queremos defender un futuro a la medida del hombre más allá de la actual barbarie (y conste que él no vivió la etapa más salvaje del capitalismo neoliberal), en primer lugar ya no cabe olvidar que los problemas del hombre han de pensarse desde la perspectiva de la esperanza, (pues ella) es un principio que no es mero deseo, sino el fundamento mismo de lo real, (y que) todo apunta a un futuro mejor, pleno, real, colmado, siempre que el hombre sepa quién es él mismo, conozca la realidad y no haga dejación de su responsabilidad” (Ramos, 2005, 466).

Así pues, buscando respuestas en la literatura especializada, encontramos, por ejemplo, que Pablo Fernández (2003, 254) dice que “para la psicología social, la manera de hacer una sociedad mejor es haciendo una mejor psicología social…, como la psicología social crítica, (que) a fuerza de desarrollar bien su disciplina, logra entender efectivamente que la sociedad no está del todo bien, o que se puede tener una sociedad mejor” (Fernández, 2003, 254).Nuestro autor cree, además, “que el deber político de la psicología social es comportarse como un juego. En efecto –dice- hacer psicología política es elaborar una psicología que tenga forma de juego, en donde producir conocimiento y comprender la realidad sea el único objetivo, la única regla de fondo, y donde los jugadores, o psicólogos, solamente tengan interés en participar en el juego, escribiendo, hablando, leyendo, pensando, generando ideas” (Fernández, 2003, 265).

Empero, aquí surgen otras preguntas a Pablo y a todos los interesados en el cambio y bienestar de las sociedades actuales: ¿eso es únicamente lo que nos queda por hacer desde nuestra profesión, más todavía cuando nuestro interés se centra en asociar la práctica que realizamos con el principio esperanza?.

Dávila et al (1998), por su parte, afirman que el papel que los psicólogos políticos pueden desempeñar en esa empresa, independientemente de que si el contexto o la coyuntura los favorece o no, es utilizar la psicología política “para la mejora del bienestar de las comunidades humanas, para que los ciudadanos puedan intervenir en los asuntos políticos y puedan elegir buenos gobernantes y legisladores. Una psicología política que sirva para que los responsables políticos defiendan los intereses y el bienestar de sus comunidades para que gobiernen y legislen mejor, y para que ayuden a las resolución pacífica de los conflictos en las comunidades y entre comunidades” (Dávila et al, 1998: 41).

Otra postura la encontramos en González-Suárez (2009), quien desde la Escuela de Psicología de Costa Rica, se refiere a la elaboración de una visión política para el cambio social, a partir de Martín-Baró, y destaca de este insigne autor tres importantes líneas, a saber: “recuperar la memoria histórica, desideologizar la experiencia cotidiana y potenciar las virtudes de nuestros pueblos. (De modo que) la labor psicológica –dice- debe centrarse en orientar su potencial influjo social de acuerdo con los problemas e intereses de las mayorías populares, identificándose con las esperanzas y sueños de estos sectores para fomentar que cada pueblo –y cada persona- pueda emerger como responsable de su propio destino” (González-Suárez, 2009: 244).

Y como último botón de muestra –dado que no es posible hablar aquí de todos los psicólogos políticos de todos los países Latinoamericanos-, reproducimos lo que Brussino et al (2010) reportan para el caso argentino, donde, a decir de ellos, los trabajos pioneros pertenecen al psicoanálisis político, cuyas “discusiones giraron en torno a las vicisitudes del psicólogo y su involucramiento en las luchas sociales y políticas” (Brussino et al, 2010, 202), en los años ’70 y ’80, precisando que las diferentes situaciones del contexto histórico: las dictaduras militares, la represión, la violación de los derechos humanos, el retorno de la democracia, etc., han motorizado (sic) gran parte de los acercamientos del psicoanálisis a la política, pues, por ejemplo, “en paralelo a la recuperación de la democracia, se replantearon las necesidades sociales de integración social y regional,… y de esa forma emerge como eje central el análisis del nacionalismo y las representaciones sociales y estereotipos nacionales, y la reconstitución de una cultura cívica, a partir del análisis de la acción política y las creencias y actitudes socio-políticas democráticas frente a la pervivencia de actitudes autoritarias…” (Brussino et al, op. cit., p. 204)

Ahora bien, después de esta breve revisión, procede que nos preguntemos si todas estas prácticas, temas y aspectos hoy en día abordados por los psicólogos políticos son o pueden enmarcarse en el principio esperanza, y de si

¿El principio esperanza es de corte anticapitalista y, por lo tanto, conduce a la emancipación?

A modo de conclusión

Como respuesta simple podríamos decir que si el capitalismo es equivalente a explotación, miseria, injusticia, enajenación y ausencia de bienestar, entonces el principio esperanza sí es anticapitalista, pues está contra eso y contra todos los otros males que le son inherentes a aquel sistema; sin embargo, debido a que, como ha quedado dicho aquí, la esperanza es intrínsecamente humana, su aplicación no se circunscribe al capitalismo, sino que lo trasciende, y por ello es que el propio Bloch, habla de la necesidad de soñar despierto, de sueños hacia adelante, de anhelar siempre una vida mejor, lo cual no necesariamente, por cierto, podía darse en el socialismo real de su época (como en efecto nunca se dio), ni en el socialismo burocrático de la nuestra, mucho menos en los gobiernos que hoy en día impulsan programas de corte populista, progresista y nacionalista, pero no anticapitalistas.

Y no es que ahora haya desparecido la alternativa de socialismo o barbarie, -como así la veía Bloch-, sino que simplemente las cosas no “discurrieron como ingenuamente habíamos pensado (que lo harían): las dificultades para transformar las antiguas repúblicas soviéticas en verdaderas democracias, la corrupción instalada en diversos países del Este de Europa…, la degradación ideológica de la izquierda (y un largo etcétera de barbaries), hizo que el socialismo con el que soñaba Bloch, como elemento esencial de su idea de utopía (negritas en el original), desapareciera del mundo como posibilidad real” (Ramos, 2005, 464)

Empero la utopía persiste y pese a que el denominado socialismo real devino práctica decepcionante, impostura, pseudo igualitarismo, populismo zafio, banalidad, decadencia e ideología de hombres masa (Ramos, op. cit, p. 464) que, por lo mismo, no podía ser en esos términos la utopía del mundo mejor que Bloch soñó, él hasta el final de su vida siguió apostándole a una sociedad en la que debe prevalecer el amor a lo humano, sociedad que no puede ser otra más que la del socialismo, como una etapa en la búsqueda de la utopía posible.

Sin embargo, perseguir la utopía posible no deja exento a nadie de la necesidad de hacer esfuerzos intelectuales para analizar y esclarecer la realidad, como también de hacer acopio de todas las formas de lucha que se requieren para alcanzar aquella. Así, por ejemplo, Freire, desde la pedagogía afirmaba que “el sueño y la utopía son indispensables para el educador y educadora progresistas, que a través del análisis político deben descubrir y transmitir las posibilidades para la esperanza, la expectativa de cambio, dado que sin ella no se lucha para cambiar las cosas” (Freire, 1993).

Esto para los psicólogos políticos suena a una precisión, en el sentido de que no todo lo que brilla es oro, es decir, de que no todas las luchas colectivas –y menos las de tipo individual- en las que ellos están insertos tienen en realidad como objetivo central el echar abajo los sistemas de explotación económica, de dominación política, o de enajenación ideológica; es más, aunque lo tuvieran, si al mismo tiempo no persiguen hacer la revolución microsociológica –con cambio de actitudes hacia la libertad, la emancipación y la vida cotidiana (Lappase y Morin, 1971, 15)-, de poco les servirían, pues nunca alcanzarían lo que todavía no es.

Benefeld, W., (2012), El principio esperanza en la emancipación humana, Revista Herramienta No. 25, Abril, 2004, Argentina

Bloch, E., (2007), El principio esperanza, [1], Ed. Trotta, Madrid

Brussino, S., et al (2010), Psicología política en argentina: un recorrido por la historia de una disciplina emergente, en Revista de Psicología Política Argentina, Vol. 10, núm. 20, julio de 2010.

Dávila, P., et al (1998), La psicología política contemporánea, en Revista de Psicología Política No. 17, Madrid, España.

Díaz, G., (2007), Agendas de la psicología política prevalecientes en las dos últimas décadas (1986-2006) en Latinoamérica”, en Psicología desde el Caribe, Universidad del Norte, No. 19, ene-jul., Barranquilla, Colombia

Fernández, Ch, P., (2003), La psicología política como estética social, en revista Interamericana de Psicología, Vo. 37, núm- 2.

Freire, P., (1993), Pedagogía de la esperanza, Siglo XXI, México.

González-Suárez (2009), Psicología política para la democracia, los derechos humanos y el desarrollo académico: compartiendo las experiencias desde Costa Rica”, en Revista Psicología Política Vol. 9, núm.18, España.

Guidens, A., (1999), La Tercera Vía. Ed. Taurus, España

Holloway, J., (2002), Cambiar el mundo sin tomar el poder, el significado de la revolución hoy, Colección Herramienta y Universidad Autónoma de Puebla, Argentina.

La Jornada, diario mexicano, 26/feb/2012, p. 4

Lapassade, G., y Morin,E., (1971), La cuestión microsocial, en Moscovici y otros, (1971), Psicología Social y compromiso político, Rodolfo Alonso, Editor, Buenos Aires.

Martín-Baró, en Blanco, A., (1998), Psicología de la Liberación, Ed. Trotta, España.

Maurer, S., y Sawaia, (1991), Psicología: ¿Ciencia o Política”, en Montero, M., -coordinadora- (1991), Acción y Discurso, problemas de psicología política en América Latina, Ed. Eduven, Venezuela.

Quiroz, P. A., (2007), ¿Son los procesos electorales la vía para la liberación del ser humano?, en Dobles, O., et al, (2007), Psicología de la liberación en el contexto de la globalización neoliberal, acciones, reflexiones y desafíos. Edit. Universidad de Costa Rica, Costa Rica, C.A.

Ramos, C. V. (2004), En el quincuagésimo aniversario de El principio esperanza (lo permanente de Bloch), en Diálogos Filosóficos núm. 63, Madrid

Rodríguez, K., (2011), Actualidad e historia de la psicología política latinoamericana. Disponible en http://lodel.irevues.inist.fr/cahierspsychologiepolitique/index.php?id=1587; tomado el 07/09/2011

Zúñiga, B., R., (1985), El papel del psicólogo social en América Latina, en Martín-Baró, I., (1985=, Problemas de psicología social en América Latina, UCA Editores, San Salvador, C.A.


Tweet