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Cahiers de Psychologie Politique

A partir de revisar episodios históricos, universales como privados hechos públicos, se repasan los elementos fisiológicos, psicológicos, sociológicos -psicosociales- e ideológicos que están en la base del miedo, o también terror, para hacerlo compatible con los episodios que sacuden al mundo. Asimismo, se repasa la doble condición de atracción y rechazo que ejerce el miedo sobre los humanos, desde la literatura, la cinematografía y la plástica.

Fear: foundations, psychological attraction and rejection
The physiological, psychological, sociologial and ideological elements of fear are reviewed in the context of a study of historic episodes, both public and private. The article also considers, in the context of literature, cinema and plastic arts, both the attraction and rejection that fear exerts upon humans.

Y en los andamios, en los trenes en maniobra,
en las carreteras, en las excavaciones,
en las oficinas, hombres y más hombres
esclavos y amos y amos que son esclavos de ellos mismos;
el miedo mueve a uno y el odio a los otros,
toda otra fuerza calla.
P. Levi (1958)

A modo de introduccion

Con estas notas intento mostrar que el miedo es una de las "pasiones" -tal como fuera definida en la antigüedad por los clásicos, entre otros Platón, Aristóteles y Lucrecio y, como más recientemente lo hiciera, por ejemplo, B. Spinoza (1667)- o uno de los factores -como se dice contemporáneamente- que actúan decisivamente sobre el decurso de la historia universal, entendida esta tanto desde lo individual como colectivamente y realizando tal tarea como motor dinamizador de la evolución de la misma. Si bien es cierto que desde la antigüedad al miedo se le ha puesto una carga peyorativa con una connotación que incluye la huida o la fuga ante los estímulos que lo provocan, el estudio de lo que sucede en la realidad cotidiana nos permite sostener que el miedo es -en general y salvo las excepciones que confirman la regla- el causante tanto de las "fugas" de los campos psicosociales como, sobre todo, de los ataques y las agresiones que se producen contra los objetos o estímulos -que pueden ubicarse interna o externamente al sujeto que los padece- que son causantes de temor o miedo. El término que nos ocupa proviene del latín metus, mientras que otras palabras que usaremos, como ansiedad y angustia, tienen un origen indoeuropeo -la raíz angh- que son sinónimos de estrecho o angosto.

Vale decir, el miedo como reacción fisiológica y psicosocial presenta las variantes de lo que W. Bion (1963) denominó "lucha y fuga", en donde en algunos casos primará el combate, el que muchas veces es inentendible desde una racionalidad "civilizada" que ha optado por el uso de la fuerza de la razón por sobre la razón de la fuerza y, en otros casos, la reacción será el escape, la huida, que puede ser ininteligible racionalmente cuando las características del estímulo que provoca la fuga no debieran producir tal reacción desmedida, como ocurre con las fobias, que llegan a ser invalidantes y que son desatadas ante estímulos inofensivos -esto dicho desde una mirada exterior objetiva- como por ejemplo insectos, o cualquier otro animal de tipo doméstico.

Si se quiere, el miedo bien podría ser calificado -en términos kantianos- como un universal categórico, ya que la empiria muestra que pareciera ser -hasta los avances logrados a la fecha- que todos los seres animales vivos comparten la experiencia de "sufrirlo", esto es, desde la minúscula ameba, hasta los organismos con un desarrollo nervioso más elevado. No es casual, en el siglo XX se ha podido leer el mapa del genoma humano, el que ha permitido saber que dos tercios de nuestros genes son compartidos con otras especies, por lo cual no es de extrañar que los humanos compartamos con ellos la reacción filogenética de miedo que está en la base de todos los organismos existentes para defenderse de los estímulos hostiles del medio. De tal manera, el milenio comenzó con un hallazgo auspicioso, cual es la descripción completa del material genético humano, el "manual de instrucciones" del ser humano.

Sin embargo, para que se comience a utilizar de manera eficaz la información obtenida, aún resta tiempo para la puesta a punta de los instrumentos de lectura y análisis. El trabajo publicado es sólo "el final del principio", como han advertido los investigadores en la temática.

Si dijimos que el miedo es un movilizador de acciones, es debido a que desde los orígenes del hombre, al iniciarse los procesos de hominización que facilitaron la evolución de los monos superiores hacia el humano erecto con oposición de los pulgares en las manos, a la par que poseía una mayor capacidad cerebral en virtud del aumento de la superficie del mismo como consecuencia del mayor número de circunvoluciones y cisuras que aumentan considerablemente el tamaño de la corteza cerebral respecto de otros animales que puedan tener un cerebro de mayor volumen, pero de menor superficie.

Como señalamos, siempre han existido recursos para enfrentar y combatir a los temores con la suficiente eficacia como para luego de cerca de cincuenta millones de años podamos haber sobrevivido a los miedos que tuvieron nuestros antepasados, los homínidos.

Es que el ser humano, al igual que los miembros de cualquier otra especie, es agresivo por naturaleza, lo cual no significa, como con acierto lo señala Sanmartín (2000) que agresividad sea sinónimo de violencia. El mismo autor agrega que "... la agresividad es innata en la especie humana, como en cualquier otra especie animal. La agresividad está al servicio de la eficacia biológica: incrementa las probabilidades de sobrevivir y dejar prole fértil". De tal suerte es posible hallar conductas agresivas defensivas, ofensivas o predadoras, sin embargo, entendemos que solamente las dos últimas son propiamente agresivas, mientras que la primera es una forma violenta de reaccionar ante un estímulo. Así, quien roba a alguien ha ejecutado un acto violento, en tanto que quien se defiende ante el ladrón responde a dicha violencia con una agresión; lo mismo vale para los actos de predación, que agreden a un "otro" con el objeto de satisfacer una necesidad, ya que todas las especies son predadoras de otras con un doble objetivo: a)para subsistir y b) para mantener el equilibrio ecológico; mientras que en la depredación se está ante una conducta violenta, es gratuita o innecesaria para la subsistencia.

Se trate de predación, depredación, ofensa o defensa del individuo o de la especie agredida, entonces aparece como una constante el miedo en quien es objeto de una agresión. Por lo que el miedo es una reacción estructuralmente determinada, pero vivencial e históricamente condicionada.

El miedo, como testimonio emocional que es, tal como fuera descripto por Mira y López (1957), puede provocar reacciones fisiológicas que recorren del blanco al negro con toda la gama de colores. El organismo humano no ha podido civilizar sus respuestas fisiológicas ni mucho menos adaptarlas a la realidad vigente. Presenta en consecuencia todo un anecdotario muy renovado al que debe enfrentar con un repertorio de recursos prehistóricos. Este repertorio de recursos está determinado por circuitos integrados cuyas respuestas neurohumorales, metabólicas y hormonales ponen de manifiesto un determinado objetivo final y un límite en el tiempo para su eficacia. Los dos principales efectores son

a) El Sistema Nervioso Simpático, a través del disparo de Adrenalina por la Médula Suprarrenal, y

b) El eje Hipotálamo-Hipófiso-Suprarrenal cuya estimulación genera aumento de las Endorfinas cerebrales con elevación del umbral al dolor.

Del resultado de las reacciones descriptas se infiere que estos mecanismos ponen al organismo en óptima condición para la lucha o la fuga, hay mayor disponibilidad de energía, mayor flujo sanguíneo cerebral y muscular, mayor resistencia al dolor y aceleramiento de las funciones psíquicas en lo relativo a la acción y la vigilia sin correlato a nivel de las funciones intelectivas superiores.

Queda bien claro que frente a una situación de miedo, en el anecdotario vigente, poco se puede lograr poniendo los pelos de punta (piloerección). En algunos individuos los mecanismos toman caminos diferentes (vagotónicos) que involucran más al Sistema Nervioso Para-Simpático evidenciando parálisis más que acción con hipotensión arterial, bradicardia, pérdida del control de esfínteres, de la voz y cuadros sincopales. En resumen, podemos decir que frente a una situación de miedo los recursos fisiológicos disponibles nos paralizan o nos habilitan para huir o pelear.

Vale decir, el miedo puede provocar reacciones fisiológicas en demasía "naturales", cuando se trata de humanos que hacen uso -a través de los procesos de socialización- de buena parte de sus aparatos fisiológicos en un mecanismo adecuado para las demandas culturales. No extraña que ante un desequilibrio emocional, particularmente de miedo ante un objeto potencialmente agresivo, se produzcan modificaciones fisiológicas de su ritmo natural. Entre estas puede aparecer la aceleración o disminución del pulso cardiaco -por aumento de la frecuencia cardiaca- que trae aparejada una modificación de la temperatura corporal y hasta reacciones inesperadas de la actividad de las glándulas secretoras internas, comandadas por el hipotálamo que, desde las suprarrenales segregan esteroides para así tener la tensión suficiente con que enfrentar la situación de estrés. También se producen reacciones a nivel de la musculatura, como ocurre con el temblor de los miembros -"tembló de miedo"- y la pérdida circunstancial de la voz, además de molestias gástricas, nauseas, diarreas y enuresis involuntarias  temporales. En las claustrofobias la manifestación es de ahogo físico y, los trastornos nerviosos que  puede traer aparejado, son capaces de conducir a una crisis de pánico. Pese a los intentos que se hagan, es difícil disimular esas respuestas temerosas, no sólo en lo glandular, sino fundamentalmente a partir de las reacciones del rostro que delatan el estado de temor que pasa el individuo que es acosado por el mismo. Asimismo ocurre con la criptorquidia -enfermedad que, obvio, sólo sufren los varones, ya que uno o ambos testículos quedan retenidos en el abdomen o en la cavidad inguinal sin bajar definitivamente a la bolsa del escroto- frente a situaciones de temor -y también de frío- son subidos hacia el abdomen.

Una enfermedad que más ha recorrido el final del milenio es la anorexia, que es el miedo a engordar. Son las adolescentes quienes -estadísticamente- más la sufren, llegando a morir por desnutrición alrededor de un 10% de sus pacientes cuando, paradojalmente, ellas tienen la posibilidad de no desnutrirse ya que poseen los recursos para alimentarse. Pero, en este caso, la moda impuesta por los medios de comunicación (Rodriguez Kauth, 1999) las arrastra a un terror frenético e irracional a verse con físicos que vayan más allá de lo escuálido y, por ello, fantasean ser despreciadas por los otros. Vale decir, se trata de un temor inducido que ha sido instalado en personas que adolecen -adolescentes- de condiciones estructurales, neuróticas o psicóticas, previas que hacen posible tal desarrollo.

Si se tienen en cuenta los descubrimientos hechos por el fisiólogo Pavlov (1926), se podrán entender aquellas alteraciones fisiológicas y psicológicas que provoca el miedo asociado a un estímulo determinado o indeterminado y que hacen que aquel responda de manera “anormal” para lo que es su conducta habitual o la que se espera de él a partir de la inhibición de las funciones físicas o psíquicas.

El hecho que el miedo sea una reacción “natural” que está presente en todos los seres vivos no significa que los temores de los animales sean totalmente semejantes a los de los humanos. Mientras que los animales reaccionan genéricamente con una respuesta temerosa -lucha o fuga- ante estímulos agresivos del medio. Así los perros tienen una capacidad especial para oler la adrenalina -producida por las  suprarrenales y volcada en la sangre de una persona- el temor que siente la misma ante la presencia -sea realmente amenazadora o que se sienta como tal- y, entonces, la atacan; del mismo modo cuando huelen la existencia de un animal de mayor porte, la reacción es de huida. En cambio, los humanos no tenemos esa capacidad fisiológica y bioquímica de distinguir los peligros por el olfato e, incluso, por la vista o el oído, ya que en el desarrollo ontogénico perdimos parte de la capacidad de esos sensorios en beneficio de otras funciones superiores de nivel cortical, como son las intelectuales, por lo cual recurrimos a otros indicadores para protegernos de los estímulos agresivos y temer ante ellos.

Por ello es un dislate hacer comparaciones lineales -o falsas analogías- entre las conductas de los animales y la de los humanos ya que los humanos somos mucho más complejos en nuestras relaciones con todos los objetos, inclusive los que despierten temor. De tal suerte, intervienen variables como las de género, clase social, etc. Es decir, nuestro sistema de "alarma" no es sólo fisiológico o bioquímico como en el resto de los animales, sino que es social –psicosocial- y no reacciona siempre de la misma forma.

La simulación y la disimulación de los miedos es característico de los humanos, el resto de las especies no la usan, salvo cuando el se mimetizan para disimularse entre el follaje, más no le dan el sentido humano de la disimulación del temor por temer a ser descubiertos por los otros que tenemos miedo a algo y convertirnos en vulnerables si el otro utiliza ese "algo" para atemorizarnos más, o para avergonzarnos por el simple hecho de que ese "algo" no es objeto de temor por parte de los "otros" o, lo que es peor, para demostrar hombría, que no le tememos aún a aquellas cosas que son temibles.

Un ejemplo dramático lo dan los jóvenes contemporáneos ante el flagelo del SIDA, que se resisten a usar profilácticos en sus relaciones sexuales para no mostrarle a su pareja que tienen miedo de contraer una enfermedad umbría que conduce no sólo a una mala calidad de vida. En definitiva, el miedo humano ha sido socializado por la cultura, en tanto que los temores de los animales continúan respondiendo a las demandas de sus instintos, respondiendo a los patrones heredados de la espacie.

El ser humano puede tanto utilizar al miedo como un beneficio de evitación, tanto social como psicológicamente, ya sea para evitarse contratiempos que lo pongan en riesgo, como así también lo puede disimular con el fin de no avergonzarse de temer, por ejemplo, ir a la guerra o cumplir con un acto que supone poner en riesgo su vida. En definitiva, se trata de un acto tramposo.

Los miedos en los gobernantes

Sin temor a equivocarme puedo afirmar que el miedo es -y ha sido- el auténtico gobernante de la historia. Por detrás de funcionarios, emperadores, reyes o presidentes más encumbrados e ilustres ha estado y está  presente el temor. Ya sean gobernantes autocráticos o democráticos, todos ellos tienen o han tenido miedo, ¡y muchas veces! Quizás el principal de esos miedos está puesto en el temor a perder la confianza  de su pueblo, lo cual puede conducirlos al escarnio público de una derrota electoral como es el caso de los gobernantes que se dicen democráticos. Para los gobiernos autocráticos el miedo es más complejo, ya que una sublevación popular en reclamo por su desgobierno, autoritarismo o por derrotas militares, puede llevarlos a la muerte. A esto hay que añadir los temores a las siempre inquietantes intrigas "palaciegas", cuyos protagonistas suelen estar dispuestos a "moverle el piso" a los funcionarios de turno para pasar a ocupar su lugar en el codiciado y privilegiado lugar del funcionarismo burocrático.

Asimismo, se puede hacer notar que las obras que realizan los gobernantes -leídas desde la superficie- pueden aparecer como altruistas, aunque en realidad tienen en su base un contenido eminentemente egoísta, cual es la obligación de tener que ejercer la función satisfactoriamente para su pueblo, caso contrario serán castigados en el favor popular no solamente con una próxima derrota electoral, sino que también se le teme al repudio popular explicitado en las presentaciones públicas a las que asiste -con insultos- cosa que no le hace gracia a nadie y mucho menos a un gobernante que está convencido, o sus aláteres lo han convencido, que tiene un fuerte carisma sobre sus gobernados (Weber, 1922).

Al respecto, vale recordar que en 1900 Freud relata un caso paradigmático del temor de los políticos, cuando al abrirse las sesiones de la Cámara de Diputados austriaca señala que su Presidente dijo, para hilaridad de los presentes: “Señores diputados. Habiéndose verificado el recuento de los diputados presentes, se levanta la sesión”. A lo que agrega Freud: “La explicación de este caso es que el presidente deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión, de la que esperaba poco bueno, y -cosa que sucede con frecuencia- la idea accesoria se abrió camino, por lo menos parcialmente, y el resultado fue la sustitución de `se abre' por se `levanta', esto es, lo contrario de lo que tenía la intención de decir”.  Se  estuvo ante “un acto fallido”, ante el temor por lo que sospechaba iba a ser el desarrollo de esa sesión. Este no fue el único caso de actos fallidos en la historia política; en años recientes, Argentina asistió a expresiones semejantes de temor por parte de dirigentes que fueron el hazmerreír y la comidilla con que se alimentaron las revistas de actualidad. Aquí vale una salvedad sobre la atribución ligera de “actos fallidos” a errores momentáneos de la dicción o el lenguaje. Un ejemplo fue el Presidente de los EE.UU.,  G. W. Bush (h), en quien es habitual ciertos horrores de dicción. Así, por ejemplo, como Gobernador de Texas envió a la ejecución a más de 150 patibularios sin caso  los pedidos de clemencia, llegó a decir en una gira proselitista en marzo de 2001 que se oponía al “impuesto a la muerte” en alusión al intento de reformular el impuesto a la herencia, sin embargo, lo que dijo textualmente fue “que injusta es la pena de muerte y como necesitamos librarnos de ella”. Que nadie lea esto como un acto fallido, solamente es un acto de indisimulada ignorancia y aturullamiento de las palabras.

En la mitología griega también aparece el miedo entre los dirigentes políticos cuando el Rey Egeo tramó la muerte de su hijo Teseo, por temor a que el pueblo ateniense prefiriese al apuesto y popular joven guerrero para ocupar su lugar. Por fortuna, para Teseo, la conspiración no prosperó y salvó su vida.  También en la mitología hebrea -en el Antiguo Testamento- aparece la figura de un Rey bonachón, que de joven mató a Goliat de una pedrada, pero que si se siguen con atención sus venturas y desventuras -en los libros Samuel, Crónicas y Reyes- se leerá que al asumir como jefe de las tribus de Judea y de Israel se convirtió en un déspota que utilizó la metodología del terror y la violencia. Para deshacerse de sus enemigos políticos trono los enviaba a matar con sus sicarios y tampoco David -de este pastor se trata- se privó de matar a algunos de sus hijos con el fin de no entregar la corona antes de morir.

Un recorrido somero sobre el devenir de la historia universal y la de sus gobernantes está plagado de ejemplos respecto de lo que señalamos y que van más allá de las fobias individuales que cada uno de ellos puedan haber escondido de su vida privada, lo cual no quiere decir que en algunos casos las mismas no hayan dificultado y convertido en una tortura la función de gobierno para quienes padecían estas alteraciones. Tal el caso, reciente, del Rey Jorge VI de Inglaterra, que tenía temor a hablar en público y, cuando debía hacerlo lo hacia con tartajeos. Llegó al trono por la abdicación de su hermano, Eduardo VIII, quien tenía una fobia -a las mujeres, salvo una- lo que irritó a la familia real y a la población.

Algo semejante le ocurrió a Beethoven quien por miedo al matrimonio abandonó al gran amor de su vida quedándose solterón, cuando supuestamente no debería temerle a las mujeres, ya que era sordo y no lo  molestarían con sus largas conversaciones que podían interrumpir los ensayos de sus conciertos.

El Presidente F. Roosevelt fue un maestro en disimular al electorado sus defectos físicos por temor a que  no tuviesen confianza en quien los conduciría. Además de las secuelas de la poliomielitis que lo aquejaban, también supo disimular sus falencias cardiacas. Asimismo Roosevelt disimuló sus amoríos extramaritales, con al menos dos mujeres, por temor a que eso hiciera trastabillar su carrera política. Algo semejante le ocurrió al Gral. D. Eisenhower, que luego de un affaire mientras preparaba la invasión al continente europeo, solicitó autorización para divorciarse. En este caso el miedo no fue de él sino de la autoridad militar, que lo denegó arguyendo que eso podría debilitar la confianza de las tropas.

Estos no fueron los únicos casos, todos los gobernantes le temieron las iras del pueblo, aún cuando lo  ocultaran hipócritamente, como lo hizo Luis XIV quien afirmó autocráticamente “El Estado soy yo”, lo que no impidió que años más tarde la Revolución Francesa -inspirada en la Ilustración- terminase con el absolutismo reinante cortándole la cabeza a la familia real en la figura de Luis XVI.

También Napoleón Bonaparte parecía que nunca tuvo miedo en las batallas. Lo decía combatiendo en Marsella, ya consagrada la Revolución y al ser llamado por la Convención Nacional -1795- para defender con su artillería la sublevación de los monárquicos: “Las balas me son esquivas”. Su derrota en Waterloo puede leerse por el temor a a la derrota. El invencible Napoleón había sido vencido en los campos rusos por el “General Invierno” -un combate contra la naturaleza- el episodio dejó en él testimoniada su vulnerabilidad. Así, cuando partió a enfrentar a Lord Wellington, no lo hizo con la confianza que había tenido en otras batallas, donde fue vencedor en tantas lides. En lugar de atacar a las tropas británicas por  la mañana prefirió esperar con un ojo en su nuca la llegada del prusiano Mariscal Blücher, quien venía con cien mil soldados a sumarse a las tropas de Wellington. En la clásica estrategia militar empleada por Napoleón, debió atacar a los británicos de inmediato y esperar la llegada de las desvencijadas tropas germanas que marchaban en la lluvia y el barro con su pesada artillería. A consecuencia de la derrota anterior en Rusia tuvo miedo de ser vencido nuevamente y se cumplió la profecía de su temor. Fue derrotado por haber perdido la audacia que lo caracterizó en toda su vida militar. Napoleón tuvo miedo a perder y el resultado no pudo ser de otra forma: perdió. El miedo le jugó una mala pasada.

No sólo los jerarcas padecen el miedo. También lo atraviesa al pueblo llano, por ejemplo con las dictaduras sangrientas que azolaron al Siglo XX para comprender que los pueblos tienen temores ante los déspotas. Aunque vale la pena una acotación. Ninguna dictadura duró mucho tiempo en el poder, por más sanguinaria y aterrorizante que fuese. Ya sea por factores externos o por rebeliones internas, todas ellas terminaron sus días en la derrota. Esto parece mostrarnos que la intolerancia al miedo tiene un límite y que sobrepasado el mismo los pueblos dicen ¡basta!

Los miedos académicos y científicos

Pero no es sólo en los ámbitos gubernamentales, militares o populares donde se testimonia el miedo. También se lo encuentra en los espacios académicos, inesperadamente, ya que se supone que son espacios de creación y no de limitación al desarrollo y crecimiento del conocimiento. Sin ir muy atrás en el tiempo -donde abundaron esos casos- de las cuales solamente tomaremos dos tomadas al azar. La primera surgió -en un ámbito no muy académico, que no se produjo en un laboratorio de investigaciones- cuando a algunos, en los albores de la civilización se les ocurrió inventar la rueda por el previo uso del rodillo. No es descabellado suponer que los conservadores pensaran que esto iba a provocar cambios tan terribles como que los niños iban a nacer sin piernas, porque ya no las necesitarían para trasladarse.

Dejando de lado las hipótesis humorísticas debe anotarse que al inventarse la imprenta, se produjo una ofuscada reacción por parte de los monjes que vivían en los conventos y que su único trabajo, era el de copistas de textos. Ellos no solamente por razones ideológicas, sino previendo el futuro paro laboral en que se sumirían, se opusieron a dicho invento por un tiempo. Lo mismo hicieron los monarcas reaccionarios de entonces -entre los que se cuenta al Vaticano- que vieron con alarma que eso podía servir de ilustración al pueblo, a partir de una educación masiva y popular y que esto sería peligroso para sus intereses... como que lo fue y la historia les dio la razón a sus inquietudes temerosas.

Con anterioridad el papado vivió temores por el sostenimiento de su reino terrenal, dotado de poderes sobrenaturales. Ocurrió cuando en el Siglo XV se vio afectado por una fuerte corriente de desprestigio como consecuencia de los escándalos cismáticos entre papas legítimos e ilegítimos. Durante una centuria la vieja institución eclesial estuvo acosada por el miedo a perder sus privilegios e influencias.

En pleno Siglo XX, un período de la historia donde los avances han sido espectaculares desde el punto de vista científico y tecnológico, también se observó a los académicos corporativamente -que permite arrojar la piedra y esconder la mano para sumirse en el anonimato siempre cómplice- han usado algo que está  vedado en su espacio laboral, cual es la censura -por los temores a las consecuencias no previstas de los avances científicos- sobre los nuevos desarrollos y tecnologías de avanzada.

Freud, en la Clark University (1905a) hizo referencia al miedo que despierta entre los médicos el  psicoanálisis como terapia, diciendo que “Se teme causar un daño con el psicoan lisis y se siente miedo de atraer a la conciencia del enfermo los instintos sexuales reprimidos, como si ello trajese consigo el peligro de que dominasen en él a las aspiraciones éticas más elevadas y le despojasen de sus conquistas culturales". Freud se adelantó a las críticas sobre los efectos iatrogénicos del psicoanálisis provocarían  modificaciones en el plano de la moral. Recientemente, a finales del Siglo XX asistimos -en mi caso con asombro y vergüenza- a las argumentaciones pueriles que usan corporaciones de médicas -auspiciadas por El Vaticano- para limitar los experimentos en ingeniería biológica y en los desarrollos sobre la clonación de humanos, so pretexto de una bioética ideológica. Incluso, algunos países han prohibido la clonación humana con una legislación especial. ¡Cómo si la ley pudiera impedir los inevitables avances de la ciencia! A lo sumo, la aplicación rigurosa de una ley represiva, lo único que logra es retrasar tales desarrollos, pero nada más que eso, nunca ha de poder limitarlos totalmente.

Es que el temor a lo novedoso, a lo original que ponga en un tembladeral nuestros más ancestrales sistemas de creencias hace que se reaccione inesperadamente por los que debieran estar a la vanguardia del conocimiento. En más de una oportunidad los desarrollos científicos y tecnológicos han tenido consecuencias imprevistas y han causado daño a la población, como con el uso de la energía atómica que trajo matanzas en Japón con el lanzamiento de un par de bombas atómicas; o la polución de gases que invaden la atmósfera y que provocan su recalentamiento con el “efecto invernadero”. Pero esos efectos imprevistos son corregibles. Es verdad, cuando en Japón se produjeron las dos explosiones atómicas  murieron centenares de miles de personas y millones sufrieron las consecuencias nefastas de la radiación atómica, pero también es necesario pensar unos instantes en los millones de los que le debemos nuestras vidas al instrumental médico -en radiología- que agradecemos estar vivos a sus diagnósticos precoces  que facilitaron una rápida terapia.

Es el momento en que debe intervenir una legislación, para rectificar los desaciertos -no deseados- que  trae lo novedoso que aporta la ciencia y la tecnología. Hay un axioma jurídico que dice que es imposible legislar anticipadamente, sino que se lo debe hacer retrospectivamente, sobre los hechos consumados. ¿Quien hubiera pensado en el Siglo XVIII hacer un Código Aeronáutico? Hubiera sido descabellado de pensarlo, sólo apareció cuando la Aeronavegación alcanzó desarrollos como para plantear problemas de circulación, de saturación de rutas, de soberanía y de territorialidad. Si en la actualidad no aparece una legislación internacional sobre el uso indiscriminado de gases -anhídrido carbónico- no es porque sea imposible, sino porque existen intereses económicos que le ponen el palo en la rueda a esas legislaciones que acabarían con los negociados del petróleo. ¿Porqué demoran en explotar intensivamente la energía eólica, o la solar? Es que se trata de la presencia de fuertes intereses económicos que prefieren continuar con la polución ambiental, en lugar de recurrir a una energía alternativa que no es contaminante.

¿Qué es lo que sucedió con la enfermedad de las vacas locas? Si se pesquisa históricamente como se  produjo el consumo de carnes, tanto rojas como blancas, se observará que normalmente -a principios de la modernidad en los centros urbanos- fue casi de exclusivo uso de los sectores más acomodados, de la burguesía. El proletariado se alimentaba con hortalizas, legumbres y esporádicamente -para festividades- recurrían a la carne. Pero los precios de estas han disminuido y en la actualidad se ha convertido en un alimento de consumo habitual para los sectores del proletariado que aún no están afectados por el fantasma de la desocupación. Más, vale observar que se ha invertido el consumo alimenticio según la  estratificación; por una cuestión de moda, apoyada en el consumo light que está íntimamente relacionada con aspectos estéticos -pero que se justifica con criterios pretendidamente científicos- los sectores acomodados han dejado de consumir carnes en la proporción en que lo hacían antaño, especialmente las carnes rojas, ya que se aduce que las mismas provocan un aumento sustancial del colesterol. Ahora bien, si se considera que existe un mayor número de consumidores carnívoros, entonces se comprenderá que los productores de carne están obligados a producir mayores cantidades, aunque para eso tengan que dejar de lado los criterios de calidad del producto; han convertido a herbívoros en carnívoros y hasta en caníbales de su especie.

Luego de estos ejemplo es hora de afirmar que tenerle miedo a los avances científicos es un disparate propio de enanos mentales. En todo caso lo que se debiera hacer es un control más efectivo sobre las aplicaciones de la tecnología que son aprovechadas sobre esos conocimientos.

Con la lectura reciente de “El Libro de la Vida” para entender la constitución del ser humano se logró  uno de los progresos científicos más notables de la historia. Sin embargo, en cuanto fueron conocidos sus  hallazgos, no faltaron voces agoreras, surgidas del seno de la comunidad científica, que anticipaban que la divulgación de esos datos pondría en peligro la condición laboral de los trabajadores que tengan en su mapa vital alguna enfermedad incurable. Esto parece cosa no de vacas locas, sino de científicos locos. ¿No era que gracias al descubrimiento se bloquearían las enfermedades de transmisión genética?. Entonces, ¿en dónde está el miedo?. Son las mismas voces que nos asustan aduciendo que fumar provoca cáncer y, sin embargo, ahora sabemos que las más altas probabilidades de contraer la enfermedad ya está  inscripta en el organismo. Da la impresión que algunos científicos temen lo novedoso. Con la lectura del mapa genético temen perder -al igual que los monjes con la imprenta- su trabajo en la práctica médica.  Olvidan que con estos hallazgos la medicina va a cambiar su perspectiva de trabajo, va a dejar de ser curadora y será reparadora de los daños que traiga el organismo desde su gestación; aunque a los “sanadores”, siempre les quedará la atención a los accidentados, los que no traen inscripción genética  que informe que van a perder una pierna cortando el césped de su jardín con una máquina, o con una hoz.

Los miedos individuales, enfermedad y muerte

Desde lo individual, Freud (1895) se refirió al miedo como una condición para que las personas no fueran capaces de superar sus síntomas neuróticos, si así lo hicieran surgiría el temor a que se produzcan daños más dolorosos para él. A su vez en el texto coloca al miedo como síntoma semejante a “la angustia, la vergüenza o el dolor psíquico”, que conducen al trauma. Freud también escribía sobre el miedo que surge ante “las personas extrañas” que, en su caso, manifiesta la paciente que él atendía -la Sra. Emmy-. Sin dudas que ella pareciera haber sido un glosario de fobias hacia los objetos más insólitos, como por ejemplo, los gusanos, las tormentas, la niebla, los castigos, etc.

El caso de las fobias a los extraños -que Freud no llama xenofobia- merece una atención especial desde una lectura psicosocial y psicopolítica; esto porque la xenofobia supera a la neurosis individual para convertirse en un trauma con consecuencias sociales severas. Si alguien le tiene fobia a las serpientes, a los lugares cerrados o abiertos, a los padres y a demás objetos con nombre y apellido, eso será doloroso para ella y los que la rodean pero esto no trasciende el plano personal. En cambio, cuando es temor a los extraños, la situación se complica, ya que deja de ser una patología personal para ser de orden grupal,  colectivo, afecta a otros que no tienen arte ni parte con sus conflictos, pero que sufren sus consecuencias  de manera dolorosa, como persecuciones, insultos y matanzas que pueden llegar al genocidio.

En otro texto (1895c) Freud se refiere a la hipocondría, como síntoma en que se testimonia el “miedo a la enfermedad” que es el miedo a sufrir dolor -físico o psíquico- el cual además de displacentero, no deja de ser un paso previo a la muerte, a la que estamos condenados los seres vivos. La contradicción de base es  que nacemos para morir, lo cual revela un sino trágico en la vida.

Por otra parte, el temor a la enfermedad -que patológicamente es la hipocondría- si bien Freud no lo aclaró, se presenta de forma extraña, casi paradójica, al no expresarse abiertamente, es decir, por el ocultamiento o disimulación que hace el paciente. Esto lo demostró el psiquiatra y librepensador argentino J. Ingenieros (1900) respecto a la locura, cuyos síntomas se usan a veces como un beneficio secundario, por ejemplo, los condenados a prisión, que la simulan para gozar de “mejores” condiciones en sus encierros. Pero, en general, la locura es una enfermedad que se procura disimular, por lo de peyorativo que encierra -en sentido de siniestro u ominoso- y que está puesto en ella, que cada uno de nosotros depositamos en ella; aunque Erasmo (1507) se ocupó en hacer su “elogio”.

Como individuos podemos tener reacciones de miedo a los objetos más inverosímiles, como el miedo de los estudiantes a los exámenes. Esto lo desarrolla Freud en sus ensayos sobre una teoría sexual (1905b) y sobre los que ya había hecho avances en su interpretación de los sueños (1900). En el Siglo XXI aquello no es tan inverosímil, sobre todo cuando los estudiantes tienen conciencia que no han estudiado lo suficiente como para rendir.

Freud (1896) dedica un espacio a los miedos morales, a los reclamos de la conciencia, los que llevan a  las personas a sostener escrúpulos que pueden ser estimados como exagerados. Esto lo profundiza y  subraya que para la neurosis obsesiva aparece el “miedo social” por la condena que se sufrirá por un delito o falta cometida. Asimismo destaca al “miedo a la tentación” como desconfianza por la pobre  resistencia moral que se tiene ante los estímulos “pecaminosos”; a lo cual agrega el “miedo religioso”,  propio de quienes depositan lealtades en fuerzas sobrenaturales y, agrega, el “miedo a delatarse”, pero  este podría asociarse al “miedo social”. En los Ensayos agrega el “miedo a la muerte” y, en 1908, indica que el miedo a la muerte puede funcionar como un limitador al goce sexual. Es verdad, por  entonces no se conocían los “ataques de pánico”, por lo cual no pudo señalar que el miedo a la muerte puede ser un conductor a provocar la muerte de quien se siente en tal estado. Es interesante recordar que hace más de dos mil años el pensador romano Lucrecio se propuso liberar a la humanidad del miedo a la muerte, como asimismo de los temores a los dioses, dos de las causas que provocaban la infelicidad.

Cuando Freud refiere al caso de Hans (1909) distingue las diferencias entre la angustia y el miedo. Dice que su paciente tiene es angustia y no miedo, ya que al no poder decir a que le tiene miedo -por ejemplo, en sus paseos con la niñera- es por que no lo sabe; entiende Freud que la angustia se corresponde con un deseo reprimido. P. Levi (1958) recuerda que con una compañera de viaje a la muerte -a Auschwitz- la última noche “Nos contamos, en aquel momento decisivo, cosas que entre vivientes no se dicen. Nos despedimos, y fue breve; los dos al hacerlo nos despedíamos de la vida. Ya no teníamos miedo”.

Más tarde Freud en el Hombre de los Lobos (1918) retoma el miedo a la muerte, asociado al temor a la castración. El temor a la castración lo buceó al tratar el narcisismo (1914), en donde  refiere al “complejo de la castración (miedo a la pérdida del pene en el niño) y envidia del pene en la niña”. Freud agrega un temor más a todos los que tenemos, ya que quienes tenemos ese instrumento de placer y recreación  tememos perderlo, en tanto que las que no han sido dotadas él, envidian a los que lo tenemos.

En 1917 Freud presenta el temor a la ruina, a perder lo logrado. Con lo cual no se justifica el anterior temor a la castración de las féminas, que nunca lograron tener un pene, aunque las fantasías les indiquen que sí se tuvo y se perdió por el camino.

A posteriori Freud incursiona por lo religioso y en 1927 se refiere al papel de las religiones en la vida de las personas expresando “El gobierno bondadoso de la divina Providencia mitiga el miedo a los peligros de la vida: la institución de un orden moral universal, asegura la victoria final de la Justicia, tan vulnerada dentro de la civilización humana, y la prolongación de la existencia terrenal por una vida futura amplía infinitamente los límites temporales y espaciales en los que han de cumplirse los deseos”. Estas palabras guardan relación con el temor a la muerte al reconocer que las religiones monoteístas  aseguran alguna forma de resurrección o de transporte del "alma" a espacios ignotos. Reconoce Freud nuestra incapacidad de conocer el infinito, ya que siguiendo a los filósofos materialistas griegos, “solamente lo semejante conoce a lo semejante”. Y los humanos somos seres finitos que sabemos que nacemos para morir, ante este destino las religiones ofrecen una salida elegante con su reaseguro de la vida eterna ... siempre que hayamos sido fieles y cumplidores con el dios que nos la prometió.

En (1930), admite la existencia de “dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al superyó”. Y, párrafos después, hace referencia a la renuncia a seguir los dictados de los instintos “por temor a la agresión de la autoridad exterior”. Esto lo señaló Hobbes (1651), al referirse a la necesidad que tuvieron los primeros hombres en salir “del estado de naturaleza” que los desprotegían para defenderse de las agresiones del medio y de grupos sociales organizados. Al respecto, vale recordar a Montesquieu (1721) sobre el estudio de las sociedades y su respuesta irónica ante tales devaneos, al expresar “He visto que comenzaban investigando atentamente cual era el origen de las sociedades, cosa que me parece ridícula. Si los hombres no se asociaran, si se desviaran y huyeran unos de otros, entonces si que sería necesario averiguar las causas... pero los hombres nacen conexos unos con otros, un hijo nace al lado de sus padres... y se queda con ellos; eso es la sociedad y el origen de la sociedad”.

Temores públicos a cuestiones de la vida privada

Un temor difundido entre los hombres públicos es el de que se conozca su posible homosexualidad,  tanto activa como pasiva y, sobre todo, se ha dado en épocas posteriores a las grandes civilizaciones clásicas, tratándose de disimular y ocultarla. El General británico Montgomery es un ejemplo elocuente con respecto al ocultamiento y negación de la homosexualidad, la cual aún se mantiene en una discreta nebulosa histórica para no perjudicar la memoria de uno de sus más notables héroes de guerra, pero que  lo hizo alejarse de la política por temor a que se divulgaran algunos hechos que le hacían temer que se expusiese al conocimiento público esta faceta de su vida privada. Otro tanto ocurrió con el creador del FBI., Hoover, que tuvo conductas transexuales semanales “cubiertas” por los agentes  de inteligencia.

Estos ocultamientos obedecen a que se considera que un funcionario que transita por el sendero  homosexual no es confiable, ya que no se ignora que alrededor de esas prácticas se mueven intereses económicos y políticos. En la cama, el hombre no sólo ansía no ser impotente, además pretende  megalómanamente, aparecer omnipotente frente a su compañera/o. En tal sentido la Iglesia Católica considera que a la vanidad como forma pecaminosa concurrente con la lujuria del placer sexual. Puesto tal situación el hombre habla de más. Hay cuatro cosas capaces de soltar la lengua: tortura, alcohol,  dinero y sexo. Por eso tanto los actos homosexuales, como los heterosexuales -por fuera del matrimonio-  como ocurrió con los hermanos Kennedy cuando mandaban en los EE.UU., en sus relaciones con la  bella actriz M. Monroe, se pretendieron disimular de la luz pública. Se teme por la seguridad del Estado y  sus ciudadanos.

Miedo: una contradicción

Para finalizar es interesante destacar que el miedo, así como puede paralizarnos de terror, también presenta una fase paradójica: atraer, cautivar, seducir. Es decir, por un lado ejerce una suerte de rechazo centrípeto, mientras que por otra tiene una atracción centrífuga. Para lo cual utiliza -en general, dos vías: 1) la estética y 2) la práctica de actividades riesgosas.

1) Desde antaño subyugan los relatos sobre seres sobrenaturales, leyendas de muertos que regresan, como  el padre de Hamlet, o el culto a los antepasados es algo que provoca miedo cuando se cruzan cementerios por la noche, ya que estos comunican a muertos y vivos según leyendas primitivas. Respecto a las  leyendas familiares o pueblerinas, de aparecidos que arrastran cadenas, es preciso considerar que se reiteran, por lo cual pierden el valor histórico como para considerarlos objetivamente.

Asimismo, la literatura ofrece argumentos que apelan al terror del lector, ellos vienen con mitos cargados de venganzas y maldades; son relatos que fueron estigmatizados como esotéricos, historias de aparecidos, de muertos que regresan redivivos, de seres fantásticos extraterráqueos hasta los de ciencia ficción. Más modernamente aparecieron en el mercado las expresiones de la cinematografía, con películas y series televisivas de terror que retornan a los argumentos de las antiguas fuentes de la literatura de horror. Según Bioy Casares, “el género fantástico es tan viejo como el miedo” y antecede a la literatura realista. En el Medioevo los fantasmas hechizaban a los incautos, que eran la gran mayoría poblacional, siempre ha estado presente esa suerte de seducción -o atracción fatal- que provoca lo desconocido, que se mueve entre las sombras de las noches plagadas de tormentas eléctricas, en las cu les hasta el más valiente prefiere quedarse en la cama... leyendo un cuento de E. A. Poe o viendo por TV una película con el regreso de los muertos vivos. No sólo en la Edad Media habían fantasmas, existían miedos metafísicos, como el expresado por Dante (1331) que, en su Canto Primero, mientras recorre los vericuetos de la selva sombría que no es más que la representación del pecado y Dante, en su paso por el Infierno, hace referencia al temor al castigo divino por haber llevado una vida dispendiosa antes de morir.

Curiosamente, fue durante el surgimiento del racionalismo, en el Siglo XVIII, cuando tuvo su mayor auge tal tipo de literatura conocida como “historias de terror”, que hicieron las delicias de hombres y mujeres, que disfrutaron -y disfrutan- a la par que sufren escalofríos con ellos, pero que vividos por terceros con los que hay una suerte de identificación vicaria.

En la contemporaneidad han tenido éxito, a punto de ser best sellers, las obras de S. King, quien recurre a diversos ardides para atrapar a sus lectores. Sus ventas han sido millonarias en el mundo y muchos de sus títulos se llevaron al cine.

Quizás hayan sido las obras de Mary W. Shelley -Frankenstein, 1818- y la de B. Stoker –Drácula- las historias de miedo que más fascinaron a los lectores occidentales -y los espectadores de sus guiones  llevados a las pantallas- las que reflejan el espíritu romántico de su época. En la primera de ellas se parte de la fantasía de crear humanos recogiendo cadáveres. Es interesante remarcar que en esa obra la crítica  ha visto la influencia del romanticismo, trasuntada en la confianza en la ciencia para lograr el progreso de la humanidad.

En cambio, en Drácula el protagonista es un vampiro que se ha personificado en un Conde, pero eso no le resta espacio a la presencia de heroínas acosadas por él, las cuales se salvan no merced a los poderes de la ciencia, sino a los de la fe religiosa. Esto no es extraño si se tiene en cuenta que el nombre Drácula proviene de una sociedad honoraria católica del Siglo XV y que en rumano es sinónimo simultáneo de dragón y de mal (Dollison, 1994).

A su vez, en el cine no pueden dejar de recordarse a los directores H. G. Clouzot quien se hizo famoso por dos películas en que el suspenso atraviesa el miedo de la platea: “El salario del miedo” (1953) y “Las diabólicas” (1955); y el de A. Hitchkok con películas de suspenso: “39 Escalones” y “Psicosis”.

No conviene confundir al “cine negro” -el de las policiales que se originaron en los '30 y que en los ´40 culminó con el recordado intérprete H. Bogart en “El Halcón Maltés”- con el “cine de terror”. En el primero rondan los personajes buenos totalmente buenos y los malos son absolutamente malos; en el cine de horror no se buscan identificaciones morales entre la platea y los protagonistas. Simplemente lo que los directores pretenden es hacer subir los niveles de adrenalina de los espectadores, merced al miedo que ellos les infundieron y así los embarga y sobrecoge.

Por último, en los testimonios plásticos también la emoción temerosa tuvo representantes, sobre todo a partir del romanticismo, el que pretendía expresar tanto los estados de ánimo de las personas como una clara predilección por lo natural, particularmente lo que este tenía de misterioso y salvaje y, en consecuencia, junto con las pasiones amorosas que eran preferentes, tuvo lugar el miedo. Para los románticos, lo sublime -en contraposición con la belleza- era la inmensidad, la que provocaba horror.

En esta tem, el maestro español Francisco de Goya y Lucientes fue un experto y, en su serie de caprichos, debe destacarse el aguafuerte “El sueño de la razón produce monstruos” (1797) y -una de las que más me agradan- “Saturno devorando a un hijo” (1823), como también los lienzos de la serie sobre la invasión napoleónica a España, entre los cuales merece una mención especial el que tituló “El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío” (1814).

El romanticismo plástico dejó huellas al futuro, de modo que en el Siglo XX el surrealismo fue el espacio  donde se testimoniaban los miedos. En tal sentido, entiendo que en el “Guernica”, de Picasso (1937), no tanto se provoca temor en quien lo contempla, sino más bien una sensación de horror, semejante a la del último mencionado de Goya. Y, para finalizar, me permito estimar que es la figura de Magritte -dentro de la plástica contemporánea- la que resulta mejor exponente de escenas tenebrosas mezcladas con un discreto y fino toque relativamente humorístico (Rodriguez Kauth, 1999b) tal como se lo observa en su serie de cajones mortuorios ubicados en diferentes posiciones, no sólo acostados, sino hasta sentados, como en “El balcón de Manet” (1950). Aunque, sin temor a equivocarme, me atrevo a afirmar que la obra de R. Magritte estuvo atravesada por lo misterioso, lo sombrío, por las fantasías siniestras.

2) La otra vía que se utiliza para ser atraídos por el miedo es la de lo que se conoce como thrill, que es algo así como el placer que se siente por sentir miedo. No se trata de una conducta patológica, aunque la misma puede presentarse con fuertes condimentos relacionados a impulsos de autodestrucción, o pulsión de muerte. Este placer por las sensaciones temerosas no es el producto de la vida sedentaria -y pasiva- que ofrece la sociedad contemporánea, sino que se encontraba en la antigüedad con los guerreros y aventureros de toda laya. Sin embargo, la actual situación en que se nos coloca de pacientes espectadores en que vemos desarrollarse la aventura de una manera vicaria ante las pantallas del cine o la TV, o en  un  libro, para algunos no es suficiente material estimulante de excitación y, ante esa realidad, optan por dos caminos no necesariamente contradictorios y la más de las veces confluyentes. Se trata de quienes laboran en situaciones de alto riesgo para su vida -v. g.: bomberos, guardabosques, guardaparques, espías1, etc.- como así los que lo hacen como práctica deportiva riesgosa, tal como la que actualmente se reconoce como “turismo de aventura” -escaladores de montañas, practicantes de surf, etc.- y en las prácticas deportivas: corredores de automóviles, boxeadores, etc. En ambos casos, la sensación de miedo viene acompañada de un tono de agrado, del “cosquilleo” que despierta el sabor por lo arriesgado y donde el miedo es vencido por el placer de la actividad, aunque siempre está presente, pero no en la forma en que lo hace con la mayoría de los mortales. Este es un mecanismo utilizado para romper con las rutinas de la cotidianeidad y el aburrimiento que las mismas suelen traer aparejados. La excitación vence al aburrimiento (Huber, 1995), aunque siempre dentro de un marco que ofrece ciertas protecciones.

Síntesis

Como colofón de lo expuesto y a modo de síntesis de los conceptos trabajados, es posible afirmar que el miedo se convierte en pánico como reacción individual, mientras que como conducta colectiva lo que se produce es el terror. Cronehed (1998) dice que “El terror es un híbrido, un cruce de diferentes rasgos del car cter, cuyas fuerzas oscuras son llevadas adelante por una cantidad casi infinita de rostros”.

1  En estas prácticas es preciso no demostrar miedo, especialmente en la de los agentes de los servicios de espionaje. Si así lo hicieran, no solamente estarían comprometiendo su propia vida, sino también la de los miembros de la red para la que trabajan. Los espías son preparados, entre otros, por expertos en psicología, que los entrenan en técnicas que les serán útiles para mantenerse fríos y bajo control de sus emociones en situaciones comprometidas para su vida (Pastor Petit, 1996).

Bion, W. R.: (1963) Elementos de psicoanálisis. Ed. Paidós, Bs. Aires, 1966.

Cronehed, J.: (1998) Terror. Un análisis introductorio. Universitetsbiblioteket, Lund.

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Freud, S.: (1918) De la historia de una neurosis infantil. Amorrortu, Bs. Aires, 1990.

Freud, S.: (1927) El porvenir de una ilusión. Amorrortu, Bs. Aires, 1986.

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