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Cahiers de Psychologie Politique

Extractos de la introducción (p.16-26)

LEONETE

(…) El punto de partida de la presente investigación corresponde a la política. Aspecto medular de este estudio porque el político, en todas sus expresiones –carismático, radical, profesional, semi-profesional, liberal conservador, institucional– es un procurador y manejador del poder. Precisábamos, entonces, conocer en detalle lo que busca, desea, piensa, maneja y realiza en su práctica política. Esta exploración nos permitió acercarnos a sus componentes básicos, a cerciorarnos de sus múltiples sentidos y, sobre todo, a la génesis de sus dos ejes cruciales, pero contradictorios: el interés particular y el general.

El político que visualizamos antes de tomar la ruta de la investigación parecía modesto, increíblemente simple. Quedaba reducido a sus expresiones aparenciales en los escenarios políticos. Y es a partir de esa imagen incompleta propia del sentido común, de estudios pocos sistemáticos y de las apariencias que brotan de su proyección fastuosa –o trágica– en los medios de comunicación es que trazamos las primeras impresiones del imaginario popular sobre sus maneras de ser y proceder. A medida que avanzamos en la exploración comenzamos a hacer algunas precisiones sobre su perfil, sus motivaciones, actitudes ante las normas morales y sobre el papel que juegan ciertas determinaciones psicosociales, sociales, psicopatológicas, políticas y caracterológicas en sus formas de actuar, pensar y sentir.

El camino escogido para comprender y configurar el perfil del político no nos condujo a la construcción de un arquetipo absoluto. Sea éste representativo de un oficio o de un personaje histórico admirado por sus proezas. No es un tipo ideal –a la manera de Platón– que sirva de referencia a los políticos para conducirse con sentido ético. No es el héroe de Gracián, Fernando el Católico, príncipe cristiano que armado con la buena razón de Estado, sagacidad, prudencia, valor, filosofía, política y cortesanía fundó “la mayor monarquía (hispana) hasta hoy en religión, gobierno, valor, estados y riquezas”. Ni es exactamente el Mirabeau de Ortega y Gasset, especie sincrética de arquetipo político muy próximo al psicópata “taumaturgo”. Tampoco es una reproducción del César Borgia de Maquiavelo, quien, en un momento de entusiasmo teórico y patriótico se atrevió a proponerlo como modelo de príncipe nuevo, aun cuando éste había fracasado política y militarmente.

Este estudio no está centrado en la construcción de un arquetipo que, en palabras de Tierno Galván, reúna “las características propias de la perfección conceptual”, sea este un héroe de carne y hueso, una función social o algún ser imaginario. Nuestro político no es un ideal absoluto inconmovible, no encarna un ser que siempre ha actuado de la misma manera con efectividad.

Es más humano, multideterminado, histórico, falible. Por eso los propósitos de esta obra no son otros que explorar las formas típicas de actuación de los políticos reales y los motivos que los han llevado a comportarse de la manera en que lo hacen.

En fin, con El Político: Radiografía Íntima, procuramos:

1.- Analizar la relación entre la política y el político.

2.- Especificar los motivos que impulsan al ser humano a la búsqueda del poder y los medios que emplea para lograrlo.

3.- Investigar las relaciones entre el comportamiento político y la moral.

4.- Identificar y ponderar diferentes variables intervinientes en la construcción del político.

5.- Explicar la función de la justificación de la acción política por parte de los procuradores de poder.

6.- Ponderar el papel del conocimiento de la realidad en la acción política.

7.- Demostrar, sin emplear necesariamente una concepción naturalista, que los rasgos que conforman el perfil del político no han variado significativamente, aunque sí la importancia de algunos de ellos como consecuencia de la etapa histórica y de las coyunturas situacionales en que actúan los procuradores de poder.

8.- Establecer los puntos de coincidencia y de diferencia entre el tipo político y ciertas manifestaciones psicopáticasy sociopáticas.

9.- Identificar sus conductas esenciales.

10.- Determinar la incidencia del dinero en los procesos políticos.

Guiados por estos objetivos, nos acercamos a Platón, Aristóteles y a los sofistas –y a numerosos textos sobre la política y el político– con el propósito de rastrear algunas pistas sobre las respuestas a las preguntas fundamentales de este estudio. Además de La República, Política, Leyes, profundizamos en Político, primer título de una obra de esta naturaleza y una de las últimas de Platón o Aristocles, como realmente se llamaba.

En Político, el pensador heleno, además de revalorizar el papel de las leyes en la polis, ensaya varias definiciones del político. Comenzó conceptualizándolo como pastor –criador del rebaño humano–, pero como otras profesiones, incluyendo la de los sofistas, podían atribuirse esas funciones, y que tal político parecía más un pastor divino que un rey filósofo, la perfeccionó hasta concebirlo no como un dios, sino “como un hombre que brinda cuidados a un rebaño humano que lo acepta… de manera voluntaria”. Finalmente, al utilizar el paradigma del tejido o urdimbre, lo representó como el tejedor que posee la destreza de combinar la hebra dura con la suave. Es decir, la valentía y la sensatez y que, por dominar el arte de la medida, es capaz de no cometer excesos ni actuar con defectos, por lo que siempre sabe ubicarse en el justo medio.

Al continuar con la cacería psicosocial del político, abordamos La República: texto fundamental para un trabajo de esta naturaleza. Lo es, porque en esta obra se aprecia en todos sus matices la polémica entre Sócrates y Trasímaco sobre las razones que mueven a los seres humanos a la búsqueda y al uso del poder. En Sócrates-Platón, para realizar la justicia y el bien común, y en Trasímaco, basado en lo que sucede en las polis reales, para el beneficio individual. Platón articula, además, los dos requisitos, generalmente disociados, que precisan los estados para ser bien gobernados. Se refiere a la conjugación del poder con el conocimiento, la cual representó a través de la figura del rey filósofo o del filósofo rey, su paradigma de político, porque entendía que en estas condiciones, quien sabe puede y quien puede sabe.

Los sofistas estaban interesados, a diferencia de Platón, en establecer cómo se comportan los seres humanos en las polis, reales, más que en la manera en que deberían conducirse. Para la mayoría de estos filósofos, el hombre y los políticos de manera particular eran egoístas y simuladores, de ahí que sólo acataban la ley cuando eran observados. En función de esa visión de la realidad, Antifón sostenía que la ley sólo debe respetarse cuando se está ante testigos pero nunca cuando los transgresores no son observados. Para Glaucón no había diferencia entre un hombre justo y uno injusto, pues, según creía, tanto el uno como el otro actuarían de manera parecida si ambos tuvieran el poder suficiente para accionar sin sufrir ninguna consecuencia. Trasímaco llegó más lejos. Sostuvo que los políticos elaboran las leyes para su propio provecho y que el hombre justo siempre lleva la peor parte cuando tiene que lidiar con uno injusto.

Al llegar a este momento del análisis tropezamos con un filón heurístico. Habíamos ubicado las dos concepciones del político y del hombre que han permitido calificarlos de manera contrapuesta a través de la historia: el justo y el injusto o el bueno y el malo. El que actúa acatando las leyes y las normas y el que se comporta sin reparar en ellas. El que busca el bien del rebaño humano –el idealista platónico–, y el egoísta de los sofistas que sólo defiende sus propios intereses. Desde luego, los políticos jamás han realizado la concepción de los sofistas de manera abierta o transparente.

Esas ideas corrieron paralelamente hasta principios del siglo XVI. Una, pública, consideraba la política como el arte o la ciencia del estudio de los problemas relacionados con la res pública. La otra, opaca, íntima, develada por Maquiavelo con toda crudeza, se refiere a los mecanismos que permiten a los seres humanos conquistar, retener y reproducir el poder. Nada de esto era nuevo, pues todos los que estaban involucrados en las esferas relevantes de la política conocían de sobra lo que acontecía en esos predios. Lo novedoso sería en cualquier caso el atrevimiento del toscano a revelar esas situaciones cuando todos sabían que los desenmascaradores siempre habían sido perseguidos.

Todo parece indicar que los rasgos exhibidos por los políticos efectivos no han variado significativamente a través de la historia. Aunque también es cierto que en función de factores culturales, técnicos, económicos y sociales, algunas de estas características llegan a constituir los ejes articuladores de los demás rasgos del perfil. Si la elocuencia, la argumentación, la apariencia y lo verosímil fueron determinantes en la conformación del político de Atenas del siglo V a.C. –con la influencia de los sofistas–, la razón de Estado, los resultados, la inobservancia de los preceptos morales –cuando convenía–, la crueldad racional, el secretismo, la intriga, la simulación y el disimulo, entre otras, pueden catalogarse perfectamente como las características dominantes del político maquiavélico. Podríamos decir, incluso, que el histrionismo, la imagen, la apariencia, la falta de sentimientos, la instrumentalización del otro, la espectacularidad y la comunicación persuasiva, seductiva y disuasiva, constituyen los atributos centrales del político postmoderno. Si esta interpretación es correcta, los arquetipos construidos en función de lo que hacen los políticos y no de lo que deberían hacer, tienden a poseer rasgos y tendencias parecidas, aunque con pesos diferentes, en los políticos de todos los tiempos. Para comprobar esta afirmación sólo hay que echar un vistazo a Anales de Publio Cornelio Tácito, Vidas Paralelas de Plutarco, Vidas de los Doces Césares de Suetonio, El Príncipe y los Discursos Sobre la Primera Década de Tito Livio de Nicolás Maquiavelo, Recomendaciones y Advertencia de Francesco Guicciardini, a las tragedias de Shakespeare, al El Político y Arte de la Prudencia de Baltasar Gracián, al Mirabeau de Ortega y Gasset y al Fouché de Zweig.

En esta sinuosa travesía por las honduras de uno de los personajes más enigmáticos de la vida social, nos encontramos con un aparente serendipity:6 el parecido del político con personalidades que preferimos denominar psicopatoides. En nuestro caso no fue un tropiezo afortunado que nos liberó de un trozo de ignorancia. Sabíamos lo que buscábamos. Podría decirse que la rosa de los vientos de nuestra exploración nos ofrecía una lectura culpable, porque desde el puerto de partida se había centrado en nuestro objetivo y no en una maraña de datos sin sentido para el fin perseguido. Probablemente, fueron los diálogos entre Sócrates y algunos sofistas que nos proporcionaron las primeras pistas sobre ese rasgo tan idiosincrático del político. Quizás nos conmovió la lastimosa decepción de Platón de la política y del político expresada en la Epístola VII, o la experiencia de Giges, ese pastor mítico del que habla Heródoto y Glaucón que, al percatarse de que poseía un anillo que le daba el don de la invisibilidad, se introdujo en elpalacio del rey de Lidia, lo asesinó y sedujo a la reina. Acción con amplia significación política, porque traza una constante conductual en los políticos de todos los tiempos: el desdeño de las normas morales, legales y religiosas cuando el poder los protege con el manto de la impunidad. Pudo haber sido, igualmente, la observación de Maquiavelo de que no se puede ser bueno con hombres malos. O la expresión de Ortega de que Mirabeau “era el más inmoral de los grandes hombres”.

Lo cierto es que los políticos más exitosos siempre han exhibido ventajas competitivas frente a los que desconocen los secretos del oficio. Y cuando se enfrentan a los profesionales del área, tienden a procurar las mejores armas, accionar con los menores escrúpulos posibles y adelantarse al contrincante, pues al tenor del pensamiento de Guicciardini, siempre es conveniente actuar antes de que los oponentes lo hagan. Esto los lleva al oportunismo, a la simulación, a la violencia, a la infidelidad, a la mentira y a otras contravenciones de la moral común, de las leyes y de las normas religiosas.

Algunas personas nacen con esas y otras disposiciones mucho más marcadas y los catalogan como psicópatas o personalidades antisociales; otros son el resultado de una inadecuada socialización parental y Lykken los categoriza como sociópatas. El asunto es que nuestro tipo no encaja exactamente en ninguna de estas clasificaciones, aunque reconocemos que existen muchas personas, dentro de esas categorías, que participan con roles protagónicos en este quehacer. Nuestro tipo político, en definitiva, está constituido por los que han aprendido en la práctica formas de actuar y de ser parecidas, sólo parecidas, a esas personalidades. Han conseguido una fina inteligencia emocional, desensibilizarse de situaciones generadoras de estrés y de las consecuencias psicológicas y morales que genera el mal. Muchos lo han banalizado, como sostiene Arendt, o lo han aprendido en su quehacer porque, de acuerdo a Hobbes, quien lucha contra lobos termina pareciéndose a ellos.

Sostenemos que toda cultura centrada en el éxito, en la imagen, el espectáculo, el poder, la notoriedad, la explotación de los otros y en la eliminación de los sentimientos –además de fortalecer el histrionismo, las emociones operativas y el ansia de poder– tiende a moldear un sujeto narcisista con un perfil muy parecido al del político. Si esta tendencia llega a ser hegemónica, como parece ser, viviremos inmersos en un mundo esencialmente político donde las luchas por el dominio de unos sobre otros las encontraremos en las organizaciones privadas, en los grupos de amigos, en nuestros hogares y hasta en los sitios más miserables, siempre que algunos puedan crecer en detrimento de otros. Todo esto nos lleva a afirmar que en lugar de estar arribando al fin de la política, como pensó alguna vez Francis Fukuyama, estamos entrando jubilosamente a un escenario pleno de luces, música y colores. Es decir, a la sociedad narcisista política: espacio donde el éxito es más importante que el respeto que se pueda tener por uno mismo., sólo recoge uno de los tres componentes de un proyecto más ambicioso. Específicamente, el relacionado con la construcción psicosocial del político. Comprende los factores que lo motivan a buscar el poder, sus relaciones con la moral, su accionar y los mecanismos que justifican sus desviaciones de las normas éticas, sociales y legales. El plan incluye una segunda parte donde percibimos al político desde la óptica de sus pasiones, de su papel como persuasor, seductor, comunicador e histriónico operativo en una sociedad espectacular. El último tramo corresponde a las persecuciones, a las razones políticas de las mismas, a su naturaleza, tipología y a los cambios que han experimentado a través de la historia. Adelantamos de inmediato que gran parte de este propósito ha sido realizado y que próximamente daremos a la luz las dos obras restantes del proyecto.

Leonte Brea
Santo Domingo, República Dominicana
el 14 de octubre del 2013


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