N°23 / La psychologie politique en Europe Juillet 2013

Estrategias familiares de subsistencia: un caso de integración interdisciplinaria

Oscar Cuéllar Saavedra

Résumé

El trabajo presenta el proceso que llevó a antropólogos, sociólogos, demógrafos y economistas de varios países de América latina a generar un campo integrado de investigación en torno del estudio de las estrategias familiares de subsistencia, entre los años setenta y los noventa del siglo XX. Primero se relata cómo se configuró el interés sobre el tema en la sociología urbana y en la antropología rural, para después examinar su confluencia en los estudios sobre crisis económicas, pobreza y respuestas de las familias, en el campo y en las ciudades. Se examinan las posiciones teóricas y metodológicas en juego y se indica el campo de investigación interdisciplinaria que se constituyó.

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Introducción

El tema de las “estrategias familiares de subsistencia” (de sobrevivencia, de vida, de reproducción), constituye un buen caso para examinar algunos de los problemas que plantea la convergencia de perspectivas teóricas y metodológicas en las ciencias sociales. Como se sabe, se trata tanto de un término como de unos enfoques que a lo largo de varias décadas han mantenido cierta presencia en las ciencias sociales en América Latina, en el plano de la investigación empírica. En este trabajo, mi interés se centra en la reconstrucción del proceso de constitución de un campo problemático abordado por estudiosos provenientes de distintas orientaciones y disciplinas sociales y en la discusión de algunas cuestiones teóricas y metodológicas que surgieron del esfuerzo de conjunción interdisciplinaria. En particular, me referiré a algunos de los problemas que se vinculan con el papel que se le reconoció a las estructuras, a los contextos y a los actores en el estudio de las estrategias.

Para tener una idea de la clase de problemas que llevaron a antropólogos, sociólogos, demógrafos y economistas de la región a coincidir en un tema común y a generar un campo específico de estudios como resultado de intercambios interdisciplinarios, me parece fundamental hacer una reseña del desarrollo de las preocupaciones temático-teóricas a lo largo del tiempo. Partiré indicando dos vertientes originarias -en la sociología del desarrollo y en la antropología social- y sugiriendo un esbozo general de periodización (sección 1). A continuación expondré la evolución de cada vertiente (secciones 2 y 3) y terminaré mostrando su confluencia (sección 4). Dedicaré la sección 5 al análisis del proceso de construcción interdisciplinaria. Es importante aclarar que el análisis versa exclusivamente sobre lo acontecido en algunos países de América latina y que se basa en mi experiencia personal de investigación sobre el tema.

Un esbozo de periodización

¿Cuándo y en qué contexto disciplinario es que se empieza a hablar de “estrategias”-de vida, de subsistencia familiar- en América latina?; ¿qué momentos o etapas podemos discernir desde entonces y hasta que el tema se constituyó en un campo reconocido de investigación interdisciplinaria?; asimismo, ¿qué sentido se le dio al término “estrategias” en esos distintos momentos?

Identifico dos vertientes originarias de la problemática de las estrategias: la primera procede de la sociología del desarrollo y dentro de ésta, de un campo interesado en los problemas de la marginalidad urbana, que se remonta al lapso comprendido entre mediados de los años 60 y principios de los 70, y a las tareas de la Comisión Económica para América Latina, CEPAL y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, en Santiago de Chile. La segunda vertiente proviene de la antropología social mexicana y en particular, del interés que entre sus cultivadores despertó la obra de Chayanov (1974) sobre la organización de la unidad económica campesina (traducida del alemán al inglés en 1965 y del inglés al español en 1974), sobre todo vía la interpretación que hacia mediados de los setenta, le dio Ángel Palerm (1980), por entonces Director de la licenciatura en Antropología de la Universidad Iberoamericana y del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Nacional de Antropología e Historia, CIS-INAH1. Estas vertientes se encontraron hacia principios de los ochenta en México, generando un campo interdisciplinario con un perfil peculiar, que lo diferencia de la forma que el tema adquirió en otros países en los cuales también tuvo cierta presencia y relieve académicos.

Distingo cuatro períodos: (1) uno inicial, de gestación y definición de la problemática que se extiende desde mediados de los sesenta hasta principios o mediados de los setenta, con diferencias según la vertiente que se considere; (2) un período de desarrollo y “cristalización” del campo en cada una de las disciplinas mencionadas, entre la segunda mitad de los setenta e inicios de los ochenta, que lleva a (3) un momento de contacto y de inicial integración interdisciplinaria ya en 1982 y que se desarrolla hasta fines de los ochenta, para alcanzar su madurez a fines de la década o principios de los noventa. Los momentos álgidos de las discusiones están consignados en los trabajos presentados a varios seminarios, realizados en los años 1980, 1982 y 1988 en México. Ellos dan cuenta de la situación en los períodos de mayor actividad intelectual. Por último (4), a partir de mediados de los noventa, se desaceleran las discusiones y el tema de las estrategias pierde interés académico, aunque siguen haciéndose investigaciones que en general emplean el término de manera más o menos rutinaria o incluso, convencional.

Los campos de trabajo en los que se plantea la cuestión de las estrategias difieren: inicialmente, en Chile, se trataba de las discusiones en torno de las características y definición de la marginalidad urbana y de la heterogeneidad de los sectores populares urbanos. En México la discusión surge en relación con las tesis acerca del futuro de los campesinos en un contexto de acelerado crecimiento poblacional y de desarrollo del capitalismo en el campo, para luego plantearse también respecto de la situación de los inmigrantes rurales en el medio urbano. Hacia principios de los ochenta, la discusión se generaliza teniendo como referente último la cuestión de cómo se adaptan los sectores de menos recursos –del campo o de la ciudad- a la crisis económica que afectó al conjunto del país durante esa década. Con ello, se llega a configurar un campo teórico en principio interdisciplinario y unificado, en el que concurren la antropología, la socio-demografía y la economía.

También es el momento en que se despliegan las críticas al enfoque de las estrategias –presentes desde su inicio- y en que se inicia un cierto decaimiento del interés sobre el tema. Este decaimiento cristaliza en los noventa, cuando cunde una cierta trivialización del tema de las estrategias. Ya en la segunda mitad de esta década, prácticamente dejó de haber discusiones y el tema se asumió como “algo-ya-conocido”; la investigación que se hizo tendió a tornarse convencional y, en cierto sentido, rígida. El término “estrategias familiares” pasó a ser moneda común, usándose de manera instrumental y a-crítica en contextos políticos vinculados con la promoción del desarrollo social antes que con la investigación. La investigación científica pasó a ser sustituida por el uso político-convencional del término (esto puede apreciarse con una búsqueda rápida del término en el Internet). Con todo, mantuvo cierta vivacidad en los estudios antropológicos de evaluación de algunos programas de desarrollo social, en particular, del programa Oportunidades (inicialmente llamado Progresa), que se desarrolla en México desde 1997. Pasemos ahora a echar una mirada a las vertientes originarias del tema de las estrategias.

Marginalidad urbana y estrategias de supervivencia

El término “estrategias de supervivencia” aparece primero en el estudio de la Secretaría de la CEPAL titulado El desarrollo social de América Latina en la postguerra, que circuló en la forma de documento mimeografiado entre 1963 y 1965, año este en que fue publicado como libro por la editorial Solar/Hachette en Buenos Aires (CEPAL, 1965). Este trabajo se difundió en un momento en que los estudios sociales latinoamericanos coincidían en identificar la estructura y las relaciones sociales agrarias como una de las causas del “atraso” económico de los países de la región, y las migraciones a las grandes ciudades como una de sus consecuencias importantes. En muchos países, en un contexto de rápido crecimiento poblacional, las ciudades capitales se habían constituido en centros de asiento de la industrialización y de atracción de las migraciones del campo a la ciudad, dando lugar a una situación poblacional que fue primero denominada como de “hiper-urbanización” y en América Latina como de “marginalidad”. Esta última solía caracterizarse por carencias generalizadas en materia de vivienda, educación, ingresos y empleo de una amplia porción de la población urbana, buena parte de la cual era origen rural (ver por ejemplo, CEPAL, 1965; y DESAL, 1969).

Al hacer el diagnóstico de la situación urbana y al referirse a algunos de los “mecanismos de ajuste de la ciudad tradicional” frente al crecimiento poblacional, la industrialización, las migraciones y el problema del empleo, el texto de la CEPAL dice que al parecer, “el mantenimiento de ciertas pautas tradicionales de comportamiento familiar contribuyó a atenuar el desempleo urbano” entre los inmigrantes, para luego sugerir que “el mantenimiento de lazos primarios de parentesco puede llegar a constituir una estrategia generalizada para la supervivencia individual en las grandes ciudades” (CEPAL, 1965: 62). En ese trabajo se trataba de hacer un diagnóstico general en una época en que escaseaban los estudios empíricos sobre el desarrollo, así como de plantear una hipótesis igualmente general para ofrecer una explicación plausible de algunos aspectos de lo que el mismo texto llamaría “marginalidad urbana” y que después se llegaría a conocer como “sector informal” (sobre esto último, ver Cortés, 1990).

Algunos años después, Joaquín Duque y Ernesto Pastrana (1973), egresados de la maestría de la Escuela Latinoamericana de Sociología (ELAS), de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en el marco del Programa de colaboración académica entre la Escuela de Sociología de la FLACSO y el Centro Latinoamericano de Demografía, PROELCE2 presentaron los resultados de su investigación sobre las “estrategias de supervivencia económica de las unidades familiares del sector popular urbano” de la ciudad de Santiago de Chile. Entre otros aspectos, en su trabajo destacaron las diferentes tasas de fecundidad de las familias cuyos jefes se insertaban en los sectores industrial y no industrial. En un ambiente intelectual en que se debatía el significado del crecimiento poblacional para el desarrollo y en que había fuertes discusiones sobre la problemática de la marginalidad, estos autores mostraron que la situación de clase de los obreros industriales se relacionaba con una fecundidad menor en comparación con las de otros sectores populares, y sugirieron hablar de “estrategias objetivas de supervivencia” familiar para dar cuenta del fenómeno3.

El trabajo de Duque y Pastrana tuvo repercusiones inmediatas en el ámbito de la sociología urbana y de la marginalidad. Rápidamente, se difundieron tanto el uso del término “estrategias”, como el interés por el estudio de las relaciones entre los aspectos socio-políticos y económico-demográficos involucrados. Desde luego, porque el trabajo mostraba que se podían estudiar las cuestiones demográficas desde una perspectiva social y con ello, que PROELCE tenía pleno sentido. Pero también porque ponía el dedo en la cuestión de las relaciones entre el comportamiento y la racionalidad de los actores y las determinaciones “objetivas” del contexto socio-económico -o, como era común decir en la época, las “condiciones materiales de existencia” de los grupos y clases sociales-. Esto también significaba dar sustento a las corrientes marxistas de la marginalidad.

Aunque PROELCE duró hasta 1976, las condiciones políticas cambiaron drásticamente en Chile después del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. En un ambiente marcado por la represión, era absolutamente imposible hacer trabajo de campo o llevar adelante las tareas y discusiones académicas con alguna normalidad. A mediados de los setenta, se abrió la sede de FLACSO en México. Poco después, en el Colegio de México se estableció el Programa de Investigaciones Sociales sobre Población en América Latina (PISPAL), que retomó las preocupaciones centrales de PROELCE. PISPAL definió como su objeto de estudio el análisis de las relaciones entre “población y desarrollo” y convocó a una reunión latinoamericana de expertos para discutir los aspectos teóricos y metodológicos del enfoque de las “estrategias”, cuyos trabajosse publicaron en un número especial de la revista Economía y Demografía (Vol. 15, núm. 2 (46), 1981).

De hecho, las discusiones se centraron en los planteamientos de Joaquín Duque y Ernesto Pastrana. En esa reunión se resumieron las críticas que se habían hecho al enfoque de las estrategias y se hicieron propuestas orientadas a reformular el planteamiento original. Las observaciones más importantes señalaron que usar el término “estrategias de supervivencia” por un lado llevaba a restringir la atención a los sectores sociales más desfavorecidos de la sociedad y por otro, a asumir que “las unidades familiares se enfrentan a opciones de vida entre las cuales pueden elegir ‘libremente’” sin precisar qué tanta consciencia y “grado de ‘racionalidad’ o deliberación” podría atribuirse a los comportamientos “subsumidos en el concepto” (Torrado, 1981: 206). En relación con lo primero, Susana Torrado sugirió que sería más adecuado hablar de “estrategias familiares de vida”, con lo que se incluiría también a otros sectores sociales (ver también Cortés, 1990b), y propuso vincular explícitamente el enfoque con una perspectiva de clases que permitiera recuperar las “determinaciones sociales” estructurales. Ella argumentó que de esta manera se podría dar fundamento a la idea de una “racionalidad objetiva” que evitaría los “peligros de otorgar un peso excesivo a la consciencia subjetiva de los individuos” en los estudios futuros. Respecto de los aspectos metodológicos, observó que en el trabajo original de Duque y Pastrana no se distinguía entre familias y hogares, que no se consideraba las relaciones de cooperación y conflicto dentro de las unidades familiares y que no se tomaban en cuenta las relaciones entre éstas (“redes de relaciones”).  

Cabe recordar aquí que otra contribución importante al estudio de las estrategias, sin vinculación con los trabajos de PROELCE ni de PISPAL, fue el estudio de la antropóloga Larisa Lomnitz (1975) sobre los marginados de la ciudad de México. Su libro Cómo sobreviven los marginados, se inscribe en la veta abierta por Oscar Lewis y estudia la importancia de las redes informales en las “estrategias de sobrevivencia” de los pobres de la ciudad (“marginales”). El uso del término sugiere la influencia del texto original de la CEPAL, mencionado antes, y el enfoque de la investigación muestra la introducción del enfoque de redes, que empezaba a hacer su aparición en los estudios sociológicos y antropológicos norteamericanos. Lomnitz señaló que los inmigrantes rurales tenían dificultades para incorporarse plenamente al mercado de trabajo urbano, lo que significaba bajos ingresos, por lo que recurrían al establecimiento de redes de relaciones y de ayuda mutua para enfrentar la sobrevivencia4. Vale la pena recordar que ya Roberts (1973) había indicado la importancia de estos lazos, así como de la coexistencia de relaciones de solidaridad y de conflicto entre los hogares pobres de las ciudades (este tema sería después estudiado por Mercedes González de la Rocha (1986), en la ciudad de Guadalajara).   

Por otra parte, Orlandina de Oliveira y Humberto Muñoz, sociólogos que habían estudiado la maestría en la FLACSO Chile y después, el doctorado en Austin, desde fines de los sesenta llevaron adelante un programa de investigación sobre las migraciones a la ciudad de México y las formas de inserción de los inmigrantes en el medio urbano, poniendo énfasis en la incorporación al mercado laboral desde una perspectiva que se ubicaba en el ámbito de las discusiones sobre la marginalidad, y que estaba fuertemente influida por las orientaciones entonces llamadas “histórico-estructurales”, es decir, por el enfoque de la dependencia de Fernando Henrique Cardoso y sus asociados (Muñoz, de Oliveira y Stern, 1977)5.

Sus estudios les hicieron ver que el término “migrantes” acababa siendo una etiqueta estrecha y poco precisa para dar cuenta de los distintos tipos de situaciones encontradas en los hogares de la ciudad de México (padres inmigrantes con hijos nativos, un padre inmigrante con una esposa nativa e hijos inmigrantes y nativos, etc.). Así, el paso siguiente consistió en indagar sobre la composición migratoria de los hogares urbanos. Orlandina de Oliveira, Humberto Muñoz y Brígida García (que provenía de la demografía), harían una decisiva contribución metodológica y teórica a los estudios de migraciones y mercados laborales al enfocarse en las unidades domésticas y no solamente en los individuos, como tradicionalmente se había hecho hasta entonces (García, Muñoz y de Oliveira, 1982; 1985). La novedad de este enfoque consistió en tomar como unidad de análisis a los “grupos domésticos” co-residentes, considerando la composición migratoria, la composición de parentesco, el ciclo de desarrollo familiar y el tamaño de los hogares como variables importantes, en lugar de referirse sólo a los atributos de los individuos. Con esto entraban en el campo de estudios de la reproducción social, proporcionando, de paso, una base fuerte para el análisis de las “estrategias familiares”, tal como después se desarrollaría el tema (de Oliveira y Salles, 1989). Antes de examinar el significado de este giro teórico-metodológico, conviene echar una mirada a la vertiente antropológica asociada con el desarrollo de los estudios sobre campesinos en México.

Antropología y reproducción campesina

La otra vertiente que identificamos provino de las discusiones sobre la situación de los campesinos en el contexto del desarrollo capitalista en el campo, que adquirió perfil gracias al re-descubrimiento de la obra de Chayanov y en especial, a los trabajos de Ángel Palerm durante los setenta, en el ámbito de la antropología y los estudios rurales en México. Si bien la parte más importante (o al menos, la más visible, en la época) de las discusiones que se suscitaron en la sociología rural y en la antropología se vincularon, entre otros temas, con las cuestiones acerca del “carácter de clase del campesinado”, por un lado y de la “extinción de los campesinos”, por otro, las posiciones en conflicto también opusieron a “amigos” y “enemigos” de Chayanov en relación con la “lógica” específica que podría caracterizar el comportamiento económico y demográfico de los campesinos (cf. Cortés y Cuéllar, 1986). En este contexto fue que la obra de Chayanov adquirió sentido y relevancia para el estudio de las “estrategias campesinas” o “estrategias adaptativas” de los campesinos. Este tema alcanzó desarrollo y madurez entre mediados de los setenta y principios de los ochenta, en una serie de investigaciones realizadas por discípulos de Palerm (Pérez Lizaur, 1977; Arizpe, 1980; Palerm, 1980; Warman, 1980; González Martínez, 1992; Mindek, 1994)6.

El planteamiento de Palerm (1980) se ubicaba en el ámbito de la discusión sobre racionalidad campesina, crecimiento demográfico y desarrollo capitalista. Resumiendo, la interpretación sugerida por Palerm y aceptada por sus seguidores dice que, asediados por la escasez de tierras y de recursos, los campesinos se habrían visto orillados a seguir la estrategia de manipular el tamaño de la familia para adaptarse y defenderse de la cada vez mayor explotación a que los somete el sistema capitalista. Según Palerm (1980: 209), “las posibilidades para desarrollar con éxito cualquier tipo de estrategia adaptativa se encuentran, sobre todo, en el propio modo de producción campesino. Es decir, en su capacidad de autoabastecimiento y en la estructura de la familia como unidad de producción, consumo y trabajo asalariado”. Ya que no pueden aumentar la cantidad de tierra, ni introducir tecnologías que aumenten la productividad, ni controlar los términos del intercambio con el mercado, los campesinos manipularían el tamaño del hogar para disponer de más fuerza de trabajo o bien, para disminuir las necesidades, ajustándolas a las capacidades productivas de que disponen.

“Estas tácticas para variar y adaptar la unidad doméstica se expresan, por ejemplo, en los sistemas de patri, matri y neolocalidad de los nuevos matrimonios; en la permanencia en el hogar del más joven de los hijos varones (yocotzin); en el reconocimiento del yerno como hijo cuando faltan descendientes varones en número suficiente; en la primogenitura masculina o femenina; en la prohibición de casamiento a los hijos no primogénitos, etc.” (Palerm, 1980: 210).

En particular, aquí nos interesa destacar el mecanismo que consistiría en aumentar el número de hijos, al que prestó especial atención Palerm. En un contexto en que los campesinos se ven cada vez más limitados por el medio y obligados a depender sobre todo de la venta de trabajo asalariado fuera de la parcela, los campesinos buscarían tener más hijos para hacer frente a situaciones de escasez y poder sobrevivir. Este autor llegó a sostener que, “en contra de la creencia corriente, la familia campesina crece para poder aumentar su fuerza de trabajo: tiene más hijos para poder trabajar más. O bien, cuando se envuelve en la emigración temporal, aumenta el número de sus miembros para poder emigrar, y no es que emigra porque aumente el tamaño de la unidad doméstica” (Palerm, 1980: 213).

Así, para esta perspectiva, el aumento de la fecundidad campesina resulta ser una consecuencia de la situación de restricciones a que se ve sometido el campesino que, ante el avance capitalista, tiene cada vez menos capacidad de mantener su autarquía productiva, a la vez que depende cada vez más de la venta de productos pero, sobre todo, de fuerza de trabajo para el mercado. Ya que en este esquema la producción prioritariamente debe satisfacer la auto-subsistencia, las restricciones de tierra y de tecnología significan que el monto de productos para el mercado se limita –o incluso disminuye-. En consecuencia, la única alternativa realmente abierta a los campesinos consistiría en aumentar el número de hijos, o la fuerza de trabajo que podrían ofrecer al mercado. Según Palerm, a la larga, esto también significaría que los campesinos estarían socavando las posibilidades futuras de vida de su propia progenie, ya que el resultado a largo plazo de estas estrategias contribuiría al mantenimiento o incremento de la población campesina y al aumento de la presión sobre la tierra (ver Cuéllar, 1991).

Nótese que en esta hipótesis, el aumento de la fecundad campesina es una estrategia adaptativa (de sobrevivencia) exactamente opuesta a la que habría caracterizado a los obreros industriales urbanos estudiados por Duque y Pastrana en Santiago de Chile. Además, esa “estrategia” aparece o bien como resultado de una decisión consciente de las familias campesinas, o bien como determinada por la estructura misma de la situación económica del campesinado en un contexto de rápido desarrollo capitalista. Aunque estrictamente no se trata de situaciones excluyentes, se puede afirmar que en el primer caso, hablar de estrategias tiene una implicación fuerte: supone que los campesinos tienen una idea clara de la situación que los afecta y que deciden aumentar el número de hijos con el propósito de poder enfrentar la sobrevivencia familiar. En el segundo caso, se obscurece el elemento cognitivo y decisional, en beneficio de una mirada más estructural –en este sentido, más acorde con unas estrategias “objetivas” de supervivencia, a que se referían Duque y Pastrana, o con la idea de una “racionalidad objetiva”, de que hablaba Susana Torrado.

Dentro de esta línea, un trabajo que tuvo especial resonancia fue el de Lourdes Arizpe (1980), sobre migración por relevos. Con base en la interpretación de Palerm, esta autora estudió las migraciones rural-urbanas en una comunidad mazahua, sosteniendo que estas se daban “por relevos”, es decir, siguiendo las determinaciones del ciclo de vida familiar: en las situaciones de escasez de recursos, primero migraría el padre y luego, con él o en su lugar, los hijos, según fueran alcanzando la edad de trabajar. Lourdes Arizpe interpretó sus resultados en el sentido de que para los campesinos era “racional” tener un número suficiente (grande) de hijos, a fin de disponer continuamente de fuerza de trabajo para colocarla en los mercados (o en otras actividades) y así poder contribuir al mantenimiento del hogar y de la unidad campesina.

Esta línea de análisis fue criticada desde varios frentes. Aquí recordaremos, por un lado, las observaciones de Selby y sus asociados (1990; 1994), que se preguntaron si en efecto en el caso de los campesinos se trataba de “estrategias” -es decir, de programas conscientes de acción basados en el análisis de la situación y de sus alternativas-. O si no, más bien sólo se trataba de lo que se puede hacer en las precarias condiciones de vida y de decisiones de los campesinos, en las que muchas veces no hay lugar para la escogencia de opciones. Estos autores aceptaron que se podría hablar de “estrategias” (en el sentido que este término alcanza en la perspectiva de la teoría de la elección racional), sólo en el caso de las migraciones internacionales; en otro tipo de situaciones, las “elecciones” de los campesinos serían sólo apariencias que encubrirían una rígida determinación del comportamiento por contextos que, en los hechos, excluirían toda deliberación y decisión.  En otras palabras, los campesinos hacen lo que hacen porque no tienen otras alternativas. Se trataría, entonces, de determinaciones estructurales (o contextuales) más que de decisiones racionales o conscientes de una de varias posibles alternativas.

Otra crítica provino de los estudios de David Robichaux (1996; 1992; 1990) sobre reproducción social en una comunidad tlaxcalteca. La comunidad, así como toda la región a la que pertenecía, se vio envuelta en una fuerte dinámica de crecimiento poblacional y de migraciones a las ciudades de México y de Puebla, especialmente a partir de los años sesenta del siglo pasado. Los estudios de Robichaux mostraron que, concomitantemente al inicio del proceso de crecimiento poblacional, la región fue afectada por la construcción de modernas vías de comunicación que la conectaron con las grandes urbes, así como por la expansión de los servicios de salud y saneamiento ambiental. Lo último tuvo influencia en el descenso de la mortalidad infantil. Lo primero permitió que muchos jóvenes, incluso contra la voluntad de sus padres, migrasen a las ciudades consiguiendo trabajos que no habrían podido encontrar en su comunidad natal. Esto significó que muchos adquirieron también independencia económica respecto de sus padres y que pudieron casarse antes de disponer de tierra, lo que en otra situación hubiese sido el pre-requisito para establecer su propio hogar. En breve, habría descendido la edad al casarse para ambos sexos al mismo tiempo que descendía la mortalidad infantil, con la consecuencia de que se habría incrementado el ritmo del incremento poblacional ya en marcha.  

Esta propuesta de explicación está muy lejos de las tesis de Palerm. Por una parte, al abrir la mirada a un horizonte regional y nacional de largo alcance, ella ubica los factores determinantes del crecimiento demográfico en procesos complejos de cambio socio-económico, que dejan poco espacio para la idea de “estrategias adaptativas” de los campesinos, tal como la planteó Palerm. Por otra parte, sugiere que las decisiones de los individuos tienen un papel importante, pero se trata de decisiones de los hijos que deciden emigrar más que de decisiones del colectivo familiar como tal (o de su jefe…). En todo caso, Robichaux hace la crítica de la posición de Palerm y sus discípulos de una manera más o menos confusa. En efecto, dice que “esta posición, la cual podemos designar como ´chayanovista’, presenta varios problemas. En primer lugar, parece ser voluntarista, ya que explica el aumento poblacional en el campo mexicano como resultado de un esfuerzo racional de los campesinos por dar respuesta a su cambiante contexto económico” (Robichaux, 1996: 54). También señala que ella de hecho centra su atención en la idea que los autores se hacen del “modo de producción campesino”, que toman en globo, sin llegar a estudiar los comportamientos reales de los grupos domésticos y de sus miembros. De esta manera, acaban por “extrapola(r) a-críticamente la lógica productiva del llamado modo campesino de producción y sus estrategias propias, al ámbito de la reproducción humana”, sin analizar los proceso demográficos específicos involucrados (ibid.).  

Si comparamos la crítica que Susana Torrado dirigió al enfoque de las estrategias tal como había sido planteado para el caso de los obreros industriales urbanos de Santiago de Chile con las críticas de Robichaux a los campesinistas “chayanovistas” mexicanos, podemos apreciar uno de los núcleos de la problemática. (1) Torrado alertaba contra la tentación de recurrir a un modelo que preste excesiva importancia a las decisiones de los actores, sugiriendo más bien que debería usarse otro enfoque más estructural, que destacara la racionalidad “objetiva”, derivada de las situaciones en estudio. (2) Por el contrario, Robichaux acusa a los “chayanovistas” de dejarse seducir por un modelo teórico que destaca dicha racionalidad objetiva, de tal manera que lleva a imputarle a los actores un papel activo y consciente en la deliberación y la toma de decisiones, pero sin preocuparse por conocer los datos del contexto ni los imaginarios de los individuos. (3) Estas posiciones divergentes pueden cotejarse con la crítica de Selby y sus colegas a la idea de las estrategias como supuestas decisiones racionales. Selby y sus colegas rechazan que en la mayoría de los casos se pueda hablar de decisiones de los actores –estos no tendrían otra posibilidad que hacer lo que pueden hacer, dados los contextos en que viven-. Más adelante volveremos sobre esto.

Hacia la integración del campo de las estrategias

Al relatar los desarrollos en el campo de la sociología urbana, mencionamos el seminario de PISPAL de 1980 y el giro teórico metodológico realizado por García, de Oliveira y Muñoz, en 1982. Este último no se dio en el aire; tuvo lugar en un ambiente en que varios investigadores de distintas nacionalidades y formaciones disciplinarias estaban trabajando en unas cuantas instituciones sobre grupos domésticos y estrategias de vida. A fines de 1982, ellos se reunieron en un seminario realizado en El Colegio de México para discutir sus avances sobre estos temas7. Los trabajos presentados se publicaron algunos años más tarde, en un libro titulado “Grupos domésticos y reproducción cotidiana” (O. de Oliveira, M. Pepin Lehauller y V. Salles, comps., 1989). El seminario de 1982 se diferenció del anterior, sobre estrategias de supervivencia, en que las ponencias que se presentaron daban cuenta de procesos de investigación en curso o recién terminados, en el campo y en las ciudades. Su importancia radica en que mostró que los investigadores habían dado un paso adelante, al fijar la atención en las familias y en los grupos domésticos como unidades de análisis básicas para el estudio de las estrategias.

Otra característica importante fue que muchos de los autores aceptaron como marco conceptual el modelo de Chayanov sobre el desarrollo o la organización familiares. Además, usaron las propuestas de este autor de manera muy distinta a la escuela de Palerm. Al interesarse en los grupos domésticos y no ya en el “modo de producción campesino”, centraron su atención en la dinámica demográfica interna de las familias –cosa que la escuela de Palerm había descuidado-, prestando poca o nula atención al contexto estructural de relaciones entre los campesinos y la empresa agrícola capitalista –cosa que dicha escuela, al menos implícitamente, había destacado. En cambio, se refirieron a los contextos locales –urbanos o rurales- y a la incidencia del atractivo de las ciudades en relación con la migración y los usos de la fuerza de trabajo. Estas perspectivas orientarían muchas de las investigaciones realizadas en México sobre el tema durante los ochenta, tanto en el ámbito urbano como rural.

Habría que mencionar otros grupos. Hacia mediados de los ochenta, se reunieron en la FLACSO varios investigadores (que compartían una experiencia común en la FLACSO sede Chile de principios de los 70), en un seminario sobre cuestiones poblacionales. Se publicaron varios artículos durante la segunda mitad de los ochenta, así como un libro en 1990, sobre “Crisis y reproducción social”, que examinaba distintos aspectos de la reproducción cotidiana de unidades familiares ubicadas en el comercio informal, y que también incluía un esfuerzo de generalización de los enfoques provenientes de la antropología rural y de la socio-demografía urbana (Cortés y Cuéllar, coords., 1990). Este esfuerzo puso en evidencia la analogía estructural de las teorías predominantes en ambos campos disciplinarios a partir de una lectura de la obra de Chayanov que enfatizaba el papel de la estructura socio-demográfica de las unidades familiares a lo largo del tiempo y de las modalidades de uso de la fuerza de trabajo familiar en distintos tipos de contextos de oportunidades. De esta manera, la definición del tema definía un campo de posibilidades teóricamente construido, que podía usarse en los estudios empíricos centrados en los hogares de escasos recursos, tanto del campo como de la ciudad.

Asimismo, en Guadalajara, durante ese tiempo un grupo de investigadores llevaron adelante estudios sobre grupos domésticos y estrategias de vida en el ámbito urbano, con la particularidad de que tomaron explícitamente en cuenta los conflictos intra-domésticos y el papel de las distinciones de género en los hogares (González de la Rocha, 1986; 1989; González de la Rocha et al., 1990)8. De hecho, parecía como que se tomaba nota de las críticas que antes Torrado había hecho a la noción de estrategias, pero ahora desde una perspectiva surgida de la experiencia de investigación empírica. Los autores de estos trabajos eran antropólogos –algunos formados en la Universidad Iberoamericana, bajo el alero de Palerm- que habían dedicado sus esfuerzos al análisis de la situación de las familias de trabajadores en los medios urbanos desarrollando una óptica diferente de la que había desplegado Lomnitz. En ambos casos, se podría decir que el estudio de las experiencias urbanas les apartó de Chayanov y de la interpretación que de éste hizo Palerm, para aproximarlos más bien a las orientaciones asociadas con los trabajos de la antropología urbana del estilo de Oscar Lewis y de Brian Roberts (1973; 1978).

Entre fines de los ochenta y principios de los noventa, aumentaron los intercambios en torno de cuestiones teóricas y metodológicas entre académicos de distintos orígenes disciplinarios. En este contexto, cabe mencionar el coloquio convocado por la U. de Guadalajara y CIESAS Oriente sobre “Crisis, conflicto y sobrevivencia”, dedicado a los estudios urbanos y realizado en la ciudad de Jalisco, en marzo de 1988 (de la Peña, G., J. M. Durán, A. Escobar y J. García de Alba, comps., 1990). En parte al menos como resultado de esta reunión, se dio un contacto -confrontación a la vez que reconocimiento- entre el grupo de investigadores de Guadalajara y el de la FLACSO primero y, por esta vía, con los de El Colegio de México después. Llegó así a constituirse un campo temático de hecho bastante novedoso, que no sólo tenía una problemática que convocaba a investigadores de distintas formaciones disciplinarias e inscripciones institucionales, sino que además proporcionaba una integración teórica que atravesaba las disciplinas.

Uno de los puntos más importantes en torno de los cuales se centró el análisis y sobre el que se logró si no consenso, al menos acuerdo generalizado, fue el reconocimiento de la importancia de los grupos o unidades domésticas como unidad de análisis de las estrategias. Los trabajos sobre el tema no pueden menos que partir de un análisis específico de las unidades domésticas, su estructura, fase o ciclo de desarrollo y organización, antes de hacer cualquiera aseveración acerca de las decisiones o cursos de acción que aquellas siguen o tienden a seguir en ciertas circunstancias específicas.

No podríamos terminar esta breve reseña histórica sin reconocer el importante papel que jugó la Sociedad Mexicana de Demografía, SOMEDE, que dio cabida a estas preocupaciones en los congresos realizados durante los ochenta y los noventa. El estudio de los trabajos que en ellas se presentaron –así como las publicaciones en otros medios- permiten ver cómo el interés de los investigadores fue centrándose en las familias y los hogares. Por un lado se amplió el espectro de preocupaciones para incluir aspectos estructurales y culturales de la vida y la organización familiar, a la vez que, por otro lado, el interés por las estrategias fue pasando a un lugar secundario llegando, incluso, a casi desparecer del horizonte de los estudiosos desde mediados de los noventa (ver, por ejemplo, los trabajos de Salles y Tuirán, 1996; Tuirán, 1995; 1996).

Consideraciones sobre integración interdisciplinaria

Hemos visto cómo, en las dos vertientes expuestas, el interés por las estrategias surgió como respuesta a la pregunta acerca de cómo afectaban los procesos de cambio –desarrollo del capitalismo y sus secuelas en sociedades dependientes- a los sectores populares de menos recursos y cómo estos respondían a ellos. En el caso de los estudios urbanos, la indagación sobre la heterogeneidad de los sectores populares (habitantes de las “poblaciones”) se encontró con que las familias cuyos jefes se insertaban en el medio laboral industrial tendían a tener menos hijos que los otros, hecho que fue interpretado como resultado de una estrategia adaptativa de sobrevivencia. En el caso de las corrientes antropológicas, la cuestión era cómo el desarrollo capitalista en el campo afectaba las formas de vida campesina y cómo los campesinos reaccionaban frente a esos desafíos. Tomando nota de las altas tasas de fecundidad en el campo, Palerm sugirió que, asediados por la falta de recursos y los términos negativos de intercambio con los sectores capitalistas, los campesinos optan por aumentar el número de hijos para disponer de más fuerza de trabajo en el futuro que pudiera permitirles obtener los satisfactores necesarios para la sobrevivencia familiar.  

En el caso urbano, la explicación –más bien, la hipótesis planteada para explicar este hallazgo- sugirió que, dadas ciertas condiciones objetivas de inserción laboral y residencia -de clase-, tener una fecundidad menor resultaba objetivamente racional (punto de vista del observador), independientemente del grado de consciencia y deliberación de los actores. Esta operación constituye un esfuerzo por darle fundamento teórico a un hallazgo empírico en principio carente de él9. En este sentido, contrasta claramente con el planteamiento de Palerm, que combina elementos de la teoría marxista con elementos de la teoría chayanoviana sobre la unidad doméstica campesina (el “modo de producción campesino”) para dar cuenta de las estrategias adaptativas de los campesinos10. Resumiendo, tenemos dos enfoques iniciales, uno con escasa fundamentación teórica y otro anclado en teorías relevantes, que sostenían que los sectores populares de su interés manipulaban su fecundidad para adaptarse a las condiciones de vida: los obreros industriales de las poblaciones de Santiago teniendo pocos hijos y los campesinos de México aumentando su número. De esta manera, el tema de las estrategias se centraba en las respuestas demográficas, reproductivas, de los sectores en cuestión, sólo que con una grave carencias: la de una formación demográfica profesional. Sólo después se ampliaría el espectro de intereses para cubrir también los aspectos demográficos involucrados.

Un segundo punto es el de la racionalidad de estas estrategias y del tipo de actores respecto de los cuales ella se predica. El atributo de la “racionalidad” puede predicarse respecto de las acciones realizadas -o más exactamente, de las consecuencias constatadas- (disminución o incremento de la fecundidad) en relación con la situación de las familias o bien, respecto de los sujetos que llevan a cabo dichas acciones. Pese a la aparente sutileza de esta distinción, ella es importante desde un punto de vista analítico. En efecto, en el primer caso, se trata de una imputación que realiza el analista: dadas las condiciones materiales de existencia de la población en estudio, tener menos (o más) hijos es racional, es decir, adecuado a esas condiciones, bajo el supuesto de que los sujetos involucrados buscan la mejor de las situaciones posibles. En el segundo caso, el juicio respecto de la racionalidad de los sujetos exige de alguna clase de prueba. En particular, para decir que tal o cual sujeto es racional (o que actúa racionalmente, dadas las circunstancias), necesitamos saber si se representó la situación y las posibilidades alternativas; es decir, si reconoció el problema que se enfrentaba, si deliberó respecto de las alternativas visualizadas y si decidió o no (si escogió algún curso de acción). Tomemos nota que enfrentamos aquí un típico peligro teórico, que consiste en suponer que si desde el punto de vista del analista, la conducta es racional, entonces también supuestamente lo era para el actor que, en consecuencia, actuó racionalmente. Es decir, el peligro de dar un salto lógico consistente en imputar el propio juicio (del analista) sobre la racionalidad de las acciones según el contexto, a las decisiones del actor que se estudia. Así se traslada un juicio de racionalidad objetiva en principio referido a la adecuación entre contexto y comportamiento, a las supuestas decisiones del actor.

Sin duda, muchos de los primeros estudios sobre estrategias en el ámbito rural (y no sólo ellos), incurrieron en este salto lógico. Pero también cayeron en la trampa de asumir que era claro quién (o quienes) eran los sujetos de la acción. Racionalidad ¿de quién? ¿De los individuos (¿cuáles?) o de las familias? En otras palabras, existió una tendencia, bastante clara en el caso de Palerm y de algunos de sus seguidores, a suponer que “los campesinos” –o las familias campesinas o más precisamente, las “unidades domésticas”- constituían un actor homogéneo que decidía de manera homogénea, tanto interna como externamente. Externamente, en el sentido de que en principio no habría diferencias entre los campesinos (las unidades domésticas)11; internamente, en el sentido de que la unidad doméstica se comportaría como un solo individuo, sin que hubiese diferencias ni conflictos entre sus miembros.

En los estudios de los antropólogos que primero se dedicaron a estos temas, me atrevería a decir que se incurrió en ambos tipos de falacias. Al hablar de las unidades domésticas o de los campesinos en general, se introducían implícitamente estos supuestos, en particular cuando el enfoque aceptaba la tesis del “modo de producción campesino”. Los procedimientos de trabajo de campo de los antropólogos también contribuían a ello: al despreciar las técnicas de muestreo propias de los sociólogos y al trabajar con pocos casos, se pierden las posibilidades de encontrar variación en las situaciones, en los actores y en sus posiciones. Por otra parte, tanto sociólogos como antropólogos siguieron aceptando, implícitamente, que se podía resolver el problema de la posible falta de unidad del colectivo familiar, centrando la atención en las características del jefe del hogar (o de la unidad doméstica) (sobre esto, ver Hernández y Muñiz, 1996; Cuéllar, 1996 y Cortés y Cuéllar, 1990).

En este sentido, la difusión de los trabajos de Chayanov y su estudio desde una perspectiva distinta de la inicial permitió dar un importante paso adelante: este autor presenta un esquema para el análisis de la composición de la unidad familiar de base demográfica que no podía soslayarse. Sin embargo, no fue entre los antropólogos, sino entre los demógrafos y los sociólogos donde mayor sensibilidad hubo para apreciar la importancia de los aspectos demográficos involucrados. Algunos sociólogos y economistas usaron el tratamiento que Chayanov da a las relaciones entre consumidores y trabajadores (lo que algunos llamaron la “carga demográfica familiar”) (Margulis; y Giner de los Ríos, ambos en De Oliveira, Pepin-Lehauller y Salles, comps., 1989 ) y los socio-demógrafos se interesaron más bien por la perspectiva de la dinámica demográfica familiar, destacando la importancia del ciclo de desarrollo familiar y la composición de parentesco de las unidades domésticas que se estudiaban. Con esto, el interés se centró en las distintas fases del desarrollo de las unidades domésticas, la disposición de tierra y fuerza de trabajo en cada fase, tomando en cuenta también la composición de parentesco y el tamaño del grupo doméstico.

En otras palabras, al hacerse extensivo el uso de Chayanov se pudo superar la dificultad que suponía tomar a la unidad doméstica como una “caja negra”, unitaria y serial. Por otra parte, al recaer el interés sobre las características de la unidad doméstica y sobre las maneras adecuadas para estudiarla, perdió importancia la vinculación con la idea de “modo de producción campesino”, que caracterizaba al esquema de Palerm. Desde el punto de vista de la interacción disciplinaria, esto significaba un aporte decisivo de la demografía, que así se integraba con la antropología y la sociología para ir construyendo un marco compartido para el análisis de las unidades domésticas (los grupos domésticos), su estructura, composición y dinámica. De hecho, se estaba cambiando el referente teórico conformado por la interpretación de Palerm.

Un proceso semejante de especificación teórico-metodológica se dio en al ámbito de los estudios urbanos, posiblemente antes que en los rurales. García, Muñoz y de Oliveira (1982; 1985), al cambiar la unidad de análisis de los individuos a los grupos domésticos, tomaron en cuenta algunos desarrollos de la antropología y llevaron adelante el estudio desagregado de los distintos tipos de arreglos familiares. Estudiar el papel de los colectivos familiares les abría horizontes que no podían verse cuando trataban con individuos. Al avanzar en el análisis de las formas de organización de los “grupos domésticos”, ellos pudieron señalar diferencias entre tipos de arreglos familiares y relaciones entre estos y las formas de inserción en el mercado de trabajo, ubicándose de hecho en el ámbito de las estrategias.

En esta conexión, hacia 1990 Cortés y Cuéllar (1990), plantearon un análisis comparativo de la manera como los socio-demógrafos urbanos y los antropólogos rurales trataban las unidades domésticas. Esto mostró que, una vez dejado de lado el nexo entre las explicaciones del comportamiento campesino y la noción de “modo de producción campesina”, el núcleo de la explicación era idéntica a la que empleaban los socio-demógrafos urbanos, por lo que se podía generalizar. Hacerlo significaba también dejar de lado la interpretación “voluntarista” de Palerm y de sus discípulos respecto del significado de la fecundidad, a la vez que abría camino para estudiar otros tipos de comportamientos adaptativos.

En este punto, se había llegado a constituir un campo de estudios que suponía la convergencia de antropólogos, socio-demógrafos y economistas, en torno de una estructura conceptual que se basaba en Chayanov pero que, en lugar de enfatizar las determinaciones de la relación entre modos de producción, más bien prestaba atención al estudio de las unidades domésticas y sus características socio-demográficas en distintos entornos, urbanos o rurales (estructuras de oportunidades). Hay que insistir en la diferencia que así emergía: el estudio de las estrategias de vida se desligaba de la cuestión de los modos de producción (aunque no, necesariamente, de las clases sociales) y, con ello, de las determinaciones estructurales que supuestamente encaminaban el comportamiento reproductivo de las familias (fecundidad), para centrarse más bien en el estudio de las formas como estas se las ingeniaban para enfrentar situaciones de escasez (o, en general, situaciones de crisis).  

1  A lo largo de los años setenta existió un amplio desarrollo de los estudios rurales en México, buena parte de ellos de orientación marxista. En este trabajo nos centraremos en la escuela de Palerm por considerar que fue la que más claramente se identificó con la línea “chayanovista”, con su interpretación de l crecimiento demográfico como resultado de las estrategias campesinas de sobrevivencia familiar. Por esta razón, dejaremos para otro momento el análisis de los especialistas en cuestiones rurales de El Colegio de México.   

2  Este programa operó en Santiago entre 1972 y 1976. El trabajo de Joaquín Duque, colombiano y Ernesto Pastrana, paraguayo, era producto de su trabajo de tesis de maestría para ELAS.

3 Recordemos que a principios de los setenta alcanzó su punto álgido la discusión entre visiones opuestas de la marginalidad y que las investigaciones mostraron que el recorte espacial del término encubría sectores sociales distintos -diferentes tipos de sectores obreros así como de comerciantes, artesanos, desempleados y otros, que algunos denominaron de manera general como componentes del “ejército industrial de reserva”-. En este contexto, el trabajo de Duque y Pastrana confirmó también los hallazgos de otros estudios de la época, que mostraban la heterogeneidad social y ocupacional de los llamados “marginales”.  

4  Clara Salazar (1996: 118) anota que “la investigación de Lomnitz dio origen a otros trabajos en los que se señala que las redes de relaciones entre familiares y amigos son cruciales en el proceso de adaptación al lugar de destino (…) y también a otros estudios que destacan el papel de las estrategias desarrolladas por las mujeres de los hogares populares para hacer frente a su doble papel de madres y trabajadoras”.  

5  Los primeros estudios sobre migraciones rural-urbanas en América Latina se llevaron a cabo en los años sesenta, desde una perspectiva puramente demográfica (Elizaga, 1970). Otros antecedentes del enfoque desarrollado por de Oliveira, Muñoz y Stern se encuentran en las discusiones teóricas sobre marginalidad y migraciones de Paulo Singer y Juarez Brandao López. El tema de las migraciones rural-urbanas fue uno de los más importantes en esta época, y en México destacaron un estudio del grupo inicialmente dirigido por Pablo González Casanova sobre migraciones a la ciudad de México (un informe final del estudio lo publicó Enrique Contreras); el de las migraciones a Monterrey, dirigido por Browning (Balán, Browning y Jelin, 1977); y el de Wayne Cornelius, sobre migraciones a la ciudad de México (Cornelius, 1980).

6  Para una visión de conjunto de esta línea de investigación, véase Cuéllar, 1994. Debe señalarse las investigaciones desarrolladas en El Colegio de México sobre cuestiones campesinas: Appendini, Pepin-Lehauller, Salles y Rendón (1983); De Oliveira, Pepin-Lehauller y Salles (1989). Respecto de otras aportaciones, véase Robichaux (1990; 1992; 1996) y H. A. Selby y sus asociados (1990; 1994).

7  Los participantes provenían de los campos de la antropología (Vania Salles, Marielle Pepin-Lehauller), la demografía (Brígida García, Susana Lerner, Julieta Quilodrán), la economía (Teresa Rendón, Francisco Giner de los Ríos) y la sociología (Teresita de Barbieri, Orlandina de Oliveira, Andrés Quernel, Mario Margulis, Humberto Muñoz).

8  Estos temas habían sido poco desarrollados en la literatura previa. Las excepciones destacadas eran los trabajos de Teresita de Barbieri (1989); Elizabeth Jelin (1984) y de E. Jelin y M. del Carmen Feijoo (1980).

9  La investigación posterior, desarrollada en distintos lugares, mostró que estas diferencias no eran específicas de la población estudiada por Duque y Pastrana. La literatura sobre población y desarrollo de los años setenta y ochenta, en particular, sobre desarrollo y fecundidad, mostró que existían fecundidades diferenciales por sectores sociales, pero las interpretó más bien a partir del esquema de Malthus o de sus derivaciones (en particular, por ejemplo, de los desarrollos de Leibenstein y de Gary Becker).

10  Por otra parte, tampoco era clara la noción de familia o de unidad doméstica (o unidad familiar) de este enfoque. En los estudios de la escuela de Palerm se echa de menos un tratamiento específico de la composición por edad y sexo de las familias, quedando muchas veces la impresión de que al hablar de unidad doméstica se está pensando en un formato único, derivado de la noción de “modo de producción campesino” con el que se asocia.

11  Parafraseando a Marx, el supuesto sería que los campesinos serían homogéneos, como “papas en un saco de papas”.

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